Históricamente, el lugar de la juventud en la discusión política de cualquier comunidad es fundamental. De allí surge el cuestionamiento de lo establecido, la pregunta que fractura un orden social que no admite cambios de manera simple. Además, la pregunta que la juventud plantea tiene una fuerza vital que vence cualquier resistencia conservadora. Sin embargo, ¿qué sucede cuando la juventud siente que no tiene nada para decir, que no tiene fuerza para cambiar lo establecido, no cuestiona el mundo cotidiano en el que vive y deja hacer a los demás?
Hoy en día, las discusiones políticas, principalmente en Occidente, giran en torno a cómo volver a la grandeza alguna vez poseída por una nación. Sucede en Estados Unidos, con el lema “Make America Great Again” (“Hagamos a América grande otra vez”) y en Argentina, donde el oficialismo denuncia cien años de decadencia. En otros países, las derechas opinan que la llegada de inmigrantes es la causa de los problemas del país, y buscan cerrarse disfrazándose de nacionalismos baratos.
Pero, ¿dónde están los jóvenes? ¿Qué opinan ellos? Obviamente, los jóvenes no son una unidad homogénea que piensa de la misma manera, pero sí comparten el cuestionamiento y la fuerza vital. Tienen en común que reciben un mundo que no parece convencer a nadie, y que amenaza su existencia día a día. La crisis económica es una variable importante a tener en cuenta. Tener que pensar en el día a día no permite pensar en un futuro, y el trabajo cada vez más precarizado quita tiempo y energía para luchar. El agotamiento es claro. Además, la crisis de representación política hace que no haya mucho por lo que pelear, ¿por quién o por qué idea daría la vida alguien hoy? ¿Cómo estudiar nuestro pasado y pensar nuestro futuro si tenemos que sobrevivir al presente?
El lugar tradicional para discutir esas cuestiones siempre fueron los espacios de militancia, que permiten el trabajo con otros para el bien de una mayoría. Si bien es para celebrar que haya personas con el convencimiento y la fuerza para creer que pueden cambiar una parte del mundo desde allí, también es cierto que hoy esos espacios convencen cada vez a menos jóvenes. Si intentamos pensar un por qué, lo primero que surge es que la historia política del país ha hecho que la confianza de los ciudadanos en sus representantes merme, y sea poco posible lograr una convicción sin fracturas en la palabra de uno u otro referente de un partido. Además, si hoy uno se posiciona respecto a un tema, es encasillado como militante de un partido específico y recibe insultos desde su opositor, actitud que termina cansando a aquel que quiere opinar pero no puede hacerlo sin herir susceptibilidades. En consecuencia, muchos jóvenes se inclinan por no discutir política, es decir, no piensan ni discuten la historia, el presente individual y colectivo, ni cómo lograr un futuro mejor. Y aquellos que lo piensan, pero no militan, no tienen un lugar donde expresar todas esas ideas.
Esa consecuencia me parece de una gravedad que debería sobresaltarnos, porque quien no reflexiona sobre el mundo, su historia y su realidad, permite que otros los construyan por ellos; y si eso no es pérdida de soberanía, ¿qué es? Delegar en otros la lucha por un mundo más justo hace que esa misma lucha pierda fuerza. Aquello conduce a generar líderes por identificación, a los que no se les cuestiona nada y se les permite todo. Se otorgan poderes extraordinarios a personas tan sólo por llevar una bandera que nosotros compartimos. Consecuencia de la crisis de representatividad, se delega en aquel que dice algo de una manera que nos convence, sin que tengamos una mirada crítica de ello. Se participa tan sólo repitiendo e idolatrando ciegamente. Y participar en serio no implica arrojarse violentamente hacia un policía que reprime o insultar desaforadamente a un actor político. Se puede participar de muchas otras maneras: estudiando nuestra historia, mirando y escuchando a aquel que tenemos a nuestro lado, pensando más en lo comunitario y menos en lo individual, formándonos en distintas materias, teniendo una posición crítica, contemplativa y reflexiva de lo que sucede a nuestro alrededor, etc.
Por otro lado, una forma común de expresar una idea o un posicionamiento hoy en día es el “repost” en redes sociales. Compartir lo que alguien dice para expresar mi adherencia y para permitir que les llegue a más personas. El problema es que la vertiginosidad de los espacios donde se “repostea” hace que la opinión de cada uno pase desapercibida, porque ocupa 2 segundos de la atención de los demás usuarios. Además, el “repost” es alienante, otro habla por mí, porque ni siquiera me esfuerzo en escribir un texto propio para expresar mi idea, y eso le quita fuerza a la opinión.
Esta revista surge un poco de este problema, ya que parte de la premisa de que es imposible que una persona joven, de cualquier estrato social e ideología política, no se haga una pregunta sobre el mundo que hereda, o cuestione algo de lo establecido. La cuestión es que no tiene dónde expresar esa pregunta, pero quizá sí dónde escucharla. Hay espacios, cuyo éxito tiene que ver con esa identificación de la audiencia para con ellos, como el programa que dirige Tomás Rebord en Blender, o el programa Cabaret Voltaire que se transmite en Brindis TV, que miran hacia la misma dirección hacia la que mira esta revista. Es indispensable que estos espacios existan, para promover la pregunta, el rechazo o la aceptación de lo estipulado, la creatividad para pensar un futuro mejor y la energía para hacerlo posible.
Creo firmemente que la juventud está lejos de estar perdida, sólo necesita escucharse y guiarse entre sí. Y es la única que puede enmendar este mundo tan resquebrajado y falto de sentido. Porque si no, ¿quién va a hacerlo?
