“El viento se llevó lo que”: Una pregunta por la identidad

“El viento se llevó lo que” es un filme argentino de Alejandro Agresti estrenado en 1999 que nos invita a reflexionar sobre nuestra identidad.

La película cuenta la historia de una joven taxista porteña, Soledad, que decide emprender un viaje hacia la Patagonia en la década del ‘70. Para su pesar, en la ruta se encuentra con un puente sin terminar por el que se accidenta, en medio de la estepa patagónica. Mientras pide ayuda, un habitante de un pueblo cercano se ofrece a acercarla hasta éste. Pero no es un pueblo cualquiera. En él, las personas hablan todas de una manera extraña, desordenada. La razón es que la única atracción del pueblo es el cine, al que asisten todos y al que, por estar tan alejado de la civilización, las películas llegan todas desordenadas, recortadas, censuradas (mediados de los ’70…). Por ese motivo, las personas hablan como ven las películas.

La película prosigue con tintes humorísticos y dramáticos, de una forma desordenada y extraña, tal como hablan y viven los personajes de la historia. Sobre el final, y alerta spoiler, la globalización se abre paso hasta el pueblo con la colocación de una enorme antena y la llegada de la TV. A partir de allí, los habitantes del pueblo comienzan a hablar como se habla en todo el mundo, agregándose a la masa homogénea de seres humanos. Así lo expresa Soledad, mientras narra: “Un pueblo con televisión se parece a cualquier otro pueblo”.

En ese sentido, podemos preguntarnos, ¿Qué nos hace únicos? ¿Qué nos identifica? Creo firmemente, y esta revista parte de esa creencia, que la geografía nos da la identidad. Pensamos, sentimos, hablamos y nos conducimos de una manera específica por el lugar en el que nacimos y nos desarrollamos. Y eso es tan fuerte que ni siquiera migrando a algún paraje lejano podemos deshacernos de determinadas costumbres o formas.

Sin embargo, la incesante máquina de la globalización ha hecho que muchas tradiciones, costumbres y formas hayan quedado relegadas a la categoría de “folclore” o de simples vestiduras de otro tiempo. Pensemos, por ejemplo, en el gaucho. Si bien en el interior del país algo de esta figura permanece, no hay duda de que pocos se identifican con ella. Pensemos, además, en cómo nos vestimos, en qué consumimos. Muchos, hoy en día, prefieren artículos importados por su “marca” que algo producido en suelo argentino por ciudadanos argentinos. Y eso va desde electrodomésticos hasta películas y series. ¿Cuántos chicos de hoy en día hablan en un español neutro por consumir constantemente dibujitos extranjeros?

Uno podría pensar que todo eso es propulsado por la lenta pero imparable máquina globalizadora, que poco a poco nos va despojando de lo que nos hace únicos, sin permitir que nos demos cuenta de sus consecuencias. El sentimiento nacional sí o sí debe ir acompañado de un amor y una defensa de lo propio. Y eso debe comenzar por abrazar, aceptar nuestros orígenes, sin que eso signifique cerrarnos al mundo. Porque la soberanía también se gana de esa manera, porque sobre lo propio decidimos pero también nos hacemos responsables.

Y defender lo propio necesita de una actitud activa, no pasiva. Para aceptar de dónde venimos tenemos que estudiar nuestra historia. Para propulsar la industria nacional tenemos que elegirla por sobre la industria extranjera. Para construir un futuro argentino tenemos que procurar que los dirigentes políticos hagan siempre en favor de la soberanía nacional.

Entonces, dejemos de globalizarnos y, mejor, argentinicemos el mundo. Defendamos nuestras tradiciones, costumbres e historia y exportémoslo, en vez de importar extranjerismos que lo único que hacen es socavar la unidad nacional de los ciudadanos argentinos. Defendamos lo que es nuestro, porque sobre lo demás no nos hacemos responsables, pero tampoco podemos decidir.

Para profundizar en el pensamiento y apoyar al cine argentino pueden ver esta película y todo lo demás de Alejandro Agresti.

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