A manera de reflexión ante la escalada de amenazas en las escuelas

La escuela, decía un sabio pedagogo latinoamericano, es la sociedad en miniatura. Es decir, la escuela no es una institución donde ocurren cosas diferentes al resto de las instituciones sociales: familia, clubes, confiterías, etc.

Por lo tanto que haya violencia en la escuela, no es extraño: violencia pedagógica en los docentes que no acompañan los saberes, en los niños, en los  contenidos anacrónicos, en didácticas pasadas de moda, en edificios poco aptos para la construcción del saber; violencia del personal jerárquico a docentes y auxiliares; muchas veces violencia de los docentes en las aulas, en conductas que no parecen violentas, sin embargo lo son, por ejemplo  no dejarlos ir al baño en horario de clase; violencia de los padres hacia los docentes ( una violencia nueva, podríamos decir del siglo XXI).

Pero las amenazas de estallidos, de tiroteos, propias de una película de acción, no responde a la violencia escolar. No son los alumnos molestos por las violencias ejercidas que, queriendo llamar la atención, llevan armas a la escuela; no son los docentes enojados con el estado por su magro salario quienes incitan a sus alumnos a amenazar en el espacio que debe cobijarlos. No, es el abandono social de niños, niñas y adolescentes que explota en la escuela – ese lugar propio, de amigos para siempre, de límites claros y obligaciones diarias en actividades planificadas.

Ese abandono es escolar, tampoco no es sólo de los padres, pero sí de las familias, del entorno adulto de los estudiantes: ausencias de abuelos, de tíos, de los viejos de la familia que configuran un mundo seguro de amor y contención.

Los estados son negligentes en cuanto a la generación y aplicación de políticas nuevas y creativas para las niñeces, con escaso presupuestos en las áreas que atañen al desarrollo y el bienestar propio para pensar en una sociedad sana a futuro (educación, salud, vivienda, ciudades amigables, AUH). Por lo tanto, abandonan a los ciudadanos y sobre todo a niños, niñas y adolescentes haciendo que sus derechos no sean garantizados o lo sean precariamente.

Y allí, ante tanta vulnerabilidad y debilidad social, aparece la tecnología que, venida y creada en otros lares y en espacios virtuales, ganan terreno y construyen una vida más feliz, menos hambrienta y generan poco a poco dependencia a tal punto que la realidad y la virtualidad se confunden, con reglas totalmente distintas y   contradictorias a los principios y a la legalidad de la realidad, obligando a ésta a cambiar las reglas de juego por la intimidación, el miedo y la zozobra generada desde la pantalla.

Lo difícil de creer es que detrás de esa virtualidad, existen seres humanos de carne y huesos, también con familia, que trabajan arduamente para ganar espacios y dinero a partir de juegos peligrosos que están a disposición de todos, sin edad, sin frontera geográfica, sin límites institucionales para ser usados con manipulación y lavado de cerebro. Seres humanos que trabajan y crean esa realidad fantástica de la virtualidad con claros objetivos de dominación psíquica y manipulación en mentes inocentes, creativas y obedientes (ávidos, tal vez, de normas claras e igualitarias) en realidades carentes.

Siendo el resultado esta noticia que vemos en estos días; confusión, temor, reclamos. Niños contra niños, niños caminando hacia la destrucción del único espacio aún conformado socialmente que es la escuela. Mientras tanto, los adultos seguimos mirando nuestros celulares, los políticos pensando en las próximas elecciones y los docentes entregando el informe de lo que está pasando, sin mirar, sin escuchar, sin mirarlos, sin escucharlos.

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Alicia Perna