Entre el nombre y la falta: Jon Snow, Ramsay Bolton y el significante “bastardo”

Lectura psicoanalítica de “La batalla de los bastardos” – Game of Thrones S6 E8

Hay guerras que comienzan mucho antes de que se escuchen los primeros gritos. Particularmente, esta comienza mucho antes de entrar al campo bélico. Comienza probablemente en el nombramiento, en aquello que un sujeto recibe como nombre de un Otro, antes incluso de poder pronunciar palabra sobre sí mismo.

Jon Snow y Ramsay Bolton llegan a un enfrentamiento desde lugares aparentemente opuestos, pero unidos por un mismo significante. Bastardos.

Pero ser bastardo no es solamente carecer de una legitimidad familiar. Es, en cierto sentido, quedar suspendido frente a una pregunta por el lugar que se ocupa para un Otro.

¿Quién soy para aquellos que me nombran?
¿Qué lugar tengo?
¿Qué deseo me precede?
¿Debo hacer algo para ser reconocido?

Jon ha pasado gran parte de su existencia intentando responder a esa pregunta. Su recorrido está marcado por una búsqueda de pertenencia que nunca termina de cerrarse. Es hijo, pero no puede decirlo. Es Stark, pero lleva otro apellido. Es hermano, pero ocupa un lugar diferente. Es miembro de la Guardia de la Noche, pero tampoco allí encuentra una identidad definitiva. Su nombre parece siempre estar acompañado por una falta.

Ramsay, en cambio, parece construir su existencia alrededor de esa misma falta, pero de otra manera. No intenta simplemente encontrar un lugar, intenta apropiarse violentamente de él. Allí donde Jon parece preguntarse “¿quién soy?”, Ramsay no se pregunta, responde desde una posición mucho más mortífera: “seré aquello que tenga que ser para que nadie pueda quitarme el lugar”.

Así, el conflicto bélico aparece en escena enmarcado por respuestas posibles frente a una herida parecida. Uno intenta hacer algo con la falta a partir de sostenerla mediante interrogantes. Pero el otro también hace algo: intenta eliminarla a partir de no dar lugar a una pregunta posible. Y quizás allí se encuentre una de las claves de la batalla.

Porque éste conflicto no enfrenta solamente dos ejércitos. Enfrenta dos posiciones subjetivas frente al deseo y frente al Otro. Jon no pelea únicamente por Winterfell, pelea también por recuperar algo que le fue arrebatado. Su casa, su familia, su pertenencia a un lugar posible. Pelea por aquellos que fueron expulsados de su lugar pero, sobre todo, pelea desde una pérdida.

Y Ramsay pelea desde otra lógica. No parece haber pérdida porque todo debe ser poseído. El otro no es un semejante con quien compartir un mundo, sino un objeto que puede ser sometido, utilizado o destruido. Por eso su crueldad tiene algo de des-esperado. Necesita dominar al otro porque necesita confirmar, una y otra vez, que existe un lugar que le pertenece.

Entonces aparece Rickon. Y con él, algo del orden simbólico se desgarra. El niño corre. Jon lo ve. Pero Ramsay también. Y Jon corre, porque quizás el significante “bastardo” le significa no quedarse quieto frente a un cuerpo que ama, porque quizás no hay estrategia posible cuando el deseo toca aquello que para un sujeto resulta irrenunciable.

Entonces comienza la guerra. La transformación de los hombres en cuerpos. Ya no hay nombres, tampoco. Ya no hay Stark, Bolton, Snow. Hay barro, sangre, caballos, espadas, cuerpos que caen y cuerpos que avanzan sobre los cuerpos caídos.

La escena de Jon intentando respirar entre los cadáveres es quizás una de las representaciones más brutales de la angustia. El sujeto queda literalmente atrapado bajo aquello que acaba de suceder.

Inhibido. No puede avanzar.  No puede retroceder.  No puede salir. Respirar se vuelve un acto de resistencia. El cuerpo parece saber antes que la palabra.

Y en medio de esa masa indiferenciada de cuerpos muertos, Jon parece recuperar algo de su propia existencia. No mediante un sentido, no mediante una certeza, sino mediante un gesto: sacar la cabeza, encontrar aire, volver a respirar. Como si después de atravesar la muerte pudiera volver a ocupar un lugar entre los vivos.

La batalla avanza y, finalmente, el ejército de Jon queda cercado. La escena, otra vez, lo muestra perdido. Pero como en la mayoría de las escenas, aparece un Otro. Sin garantías, pero en un horizonte. Sansa. Y detrás de ella, otro ejército.

Es interesante que la resolución de la batalla no provenga exclusivamente de la fuerza individual de Jon. El sujeto que parecía condenado a resolverlo todo por sí mismo necesita de una Otra intervención. Algo viene desde otro lugar para modificar las coordenadas de la escena.

Finalmente, Winterfell se realza. Ramsay queda reducido al lugar que tantas veces había producido para los otros: el del objeto encerrado, sometido, sin salida. Pero no muere inmediatamente.  Lo dejan frente a sus propios perros.  Una especie de retorno. Como si la violencia, después de haber recorrido innumerables cuerpos, regresara finalmente al cuerpo que la había producido. Ramsay ya no necesita pedir reconocimiento.

Ya no necesita demostrar nada. Como bastardo, cae. Y pareciera ser la única pérdida que pudo reconocer. O al menos aceptar.

La batalla termina, pero la pregunta se sostiene. ¿Qué hacemos con aquello que nos fue impuesto? ¿Qué hacemos con el nombre que recibimos? ¿Qué hacemos con las marcas que otros dejaron sobre nosotros?

Quizás Jon y Ramsay sean dos respuestas diferentes a una misma pregunta imposible. Uno intenta construir un lugar a partir de la falta. El otro construye la certeza de un lugar eliminando al otro.

Y quizás la génesis de esta guerra tenga sus raíces en las escenas que se despliegan en un psicoanálisis. Porque efectivamente no elegimos las marcas con las que llegamos al mundo, pero quizás podemos introducir y sostener interrogantes para intentar producir algo diferente a partir de ellas.

Porque un sujeto no es solamente aquello que el Otro dijo de él. Tampoco es solamente aquello que perdió. Es, también, aquello que puede hacer o no con esa pérdida.

Jon seguirá siendo Jon Snow. Pero después de la batalla, algo de ese nombre habrá cambiado. Porque algunas batallas quizás no se ganan cuando el enemigo cae. Quizás se ganan cuando aquello que alguna vez nos condenó a un lugar deja de significarnos quiénes somos.

Y tal vez por eso la verdadera batalla nunca ocurre solamente en Winterfell. Porque ocurre en ese territorio mucho más silencioso donde cada sujeto intenta responder, una y otra vez, la pregunta que lo acompaña desde el comienzo: ¿Qué puedo hacer con el lugar que el Otro me dio, cuando ese lugar ya no alcanza para decir quién soy?

Más notas de este autor

Lectura psicoanalítica de “La batalla de los bastardos” – Game of Thrones S6 E8 Hay guerras que comienzan mucho antes

Lautaro Sartori