La política argentina y la fantasía ideológica: una lectura desde Žižek

En la Argentina contemporánea, la escena política parece oscilar entre crisis recurrentes, promesas refundacionales y una intensa polarización afectiva. Sin embargo, más allá de los nombres propios, los ciclos electorales o las disputas partidarias, lo que persiste con notable estabilidad es una dimensión menos visible pero decisiva: la de la fantasía ideológica que organiza la experiencia de lo político.

Desde la perspectiva del filósofo esloveno Slavoj Žižek, la ideología no opera simplemente como un conjunto de ideas falsas que encubren la realidad. Por el contrario, su fuerza reside en estructurar la forma en que los sujetos viven esa realidad, incluso cuando son plenamente conscientes de sus contradicciones. En otras palabras, no se trata de “no saber”, sino de “saber y aun así hacer como si no se supiera”.

Aplicado al caso argentino, esto permite pensar que tanto oficialismos como oposiciones no solo disputan programas o diagnósticos, sino también fantasías que ofrecen coherencia simbólica frente a una realidad social fragmentada. La promesa de un retorno a la estabilidad perdida, la idea de un enemigo que obstaculiza el desarrollo nacional o la expectativa de un cambio radical que finalmente ordene el caos, funcionan como soportes imaginarios que sostienen la adhesión política.

Žižek insiste en que la fantasía no es una ilusión superficial, sino una estructura que organiza el deseo. En este sentido, la política argentina no podría comprenderse únicamente a partir de variables económicas o institucionales. Es necesario atender a cómo los sujetos invierten libidinalmente en ciertos relatos: el sacrificio necesario para salir de la crisis, la nostalgia de un pasado idealizado o la esperanza en una figura que encarne la solución.

Esto explica, en parte, por qué muchas medidas que afectan negativamente a amplios sectores sociales no necesariamente erosionan de inmediato el apoyo político. La ideología funciona precisamente allí donde la realidad parece desmentirla: no se abandona la creencia, sino que se la reconfigura. Se culpa a otros actores, se posterga el cumplimiento de las promesas o se redobla la apuesta en nombre de un futuro mejor.

Otro aspecto central en Žižek es la idea de que la ideología contemporánea no se presenta como una imposición rígida, sino como una invitación a gozar. En la Argentina, esto puede observarse en la manera en que ciertos discursos políticos no solo interpelan desde el deber o la moral, sino también desde el disfrute: la indignación, el cinismo, la burla del adversario o incluso el placer de “decir lo que nadie dice”. Este goce, lejos de ser un elemento secundario, es constitutivo de la identificación política.

Así, la polarización no sería simplemente un enfrentamiento de ideas, sino también una economía del goce: cada posición ofrece una forma particular de satisfacción, ya sea en la denuncia, en la resistencia o en la afirmación de una identidad colectiva.

Desde esta lectura, la pregunta por lo político en la Argentina no puede reducirse a quién gobierna o qué políticas se implementan. Implica interrogar las condiciones mismas que hacen posible la adhesión, la repetición de ciertas narrativas y la persistencia de estructuras simbólicas que organizan la experiencia social.

El desafío, siguiendo a Žižek, no sería entonces “desenmascarar” una supuesta falsedad ideológica para revelar una verdad oculta, sino cuestionar las fantasías que sostienen nuestra relación con la realidad. Esto supone un trabajo más incómodo: reconocer cómo cada posición política está atravesada por ficciones necesarias, y cómo estas no solo engañan, sino que también permiten que la vida social continúe.

En un país marcado por crisis cíclicas y promesas incumplidas, tal vez la clave no esté únicamente en producir nuevas respuestas, sino en revisar las preguntas mismas que la ideología nos permite formular. Porque, como sugiere Žižek, el problema no es tanto lo que creemos, sino por qué necesitamos creerlo.

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Tomás Cometti