Política y Desconfianza

Antes que nada, una aclaración: En este texto no habrá respuestas ni verdades. Me propongo compartir algunas de mis incertidumbres para que, en el mejor de los casos, promueva un intercambio entre aquellas personas que dediquen un ratito a leer la revista (y este artículo en particular).

Pecando de autorreferencial, encuentro en mis diferentes grupos de amigos y gente cercana una desesperanza en relación a la política. El disparador para ordenar estas ideas tiene que ver con la diferenciación que Cornelius Castoriadis hace entre la política y lo político. Si partimos desde lo más básico y simplificando un poco su teorización, es evidente que todas estas personas con las que me relaciono de una u otra forma tienen grandes intereses relacionados a lo que, según este autor, denominaríamos como el campo de lo político. Todo lo que atañe al estado, las instituciones, la existencia del poder mismo, es una preocupación presente en muchísimas conversaciones.

Ahora bien, si vamos al otro nivel de la vida social, la política, podemos notar la desesperanza, la falta de representación y, lo que para mí es más llamativo, la certeza de que nada va a cambiar para mejor. Son contados los casos en que alguien realmente cree en un proyecto de país que pueda llegar a ganar una elección de manera democrática y concrete los actos necesarios para revertir una situación de crisis.

La voluntad popular es puesta en duda constantemente en los diferentes extremos del arco ideológico, los sucesivos fracasos llevan al descreimiento de los representantes y sobre todo del modo de funcionamiento de las instituciones. Esto, lejos de solidificar la heteronomía (cierre) de la sociedad, propone un laxo momento de autonomía popular. Un poco más adelante lo retomaremos. Aquí es donde se cuestionan las formas, lo instituido; y las personas se dan cuenta que aquello que parecía totalmente invariable es obra humana y, por ende, puede ser reconfigurada por el humano también.

En este momento del análisis es donde me encuentro en una encrucijada. Por un lado, si esto es así es porque hay una interiorización por parte de las personas (que me rodean, aquellos sobre los que hablo, mi recorte totalmente sesgado) en la política y habría una intención de cambio, de crítica y de propuesta. Pero, por otro lado, la novedad es destruir todo aquello que sostiene las bases de lo instituido. Yo considero que si la crisis se agrava caeremos en un desvalimiento (propio de este tipo de cambios) que no tendría una proyección favorable, sobre todo para aquellos pueblos endeudados, parcialmente dependientes, que distan de ser potencia.

Debo aclarar, por más que mis palabras suenen apocalípticas, que creo que lo más realista sería pensar en una colonización mayor, de la mano de los avances de la técnica y las reconfiguraciones morales que todo esto trajo, como bien describe Felipe Pognante en otro artículo publicado en esta revista, y que utilizo para pensar uno de los desenlaces posibles de la época. Donde termina su artículo empiezo el mío.

La individualización creciente lleva a que la política se distancie de lo que hace algún tiempo lograba construir como fenómenos colectivos. Los referentes que intentaron seguir cierta línea de rectitud ética parecen cansados o extintos, recluidos y traicionados. Quienes permanecen en el juego nos dan a entender que los principios son negociables, o al menos flexibles. La crítica se queda en lo obvio, en lo partidario, en el nivel inferior de debate, y en quienes aún somos jóvenes interesados en este campo ya estamos cargados de fracasos y desilusiones. Nuestro resguardo es que la crisis se traduzca en creación y novedad, y es un camino absolutamente posible si nos basamos en la historia, pero la época dicta modos particulares. En principio, será interesante.

Considero que el cambio nuevamente será a partir de un fracaso y no por mérito de la oposición, que se destaca por su ausencia, distancia de la realidad y poca o nula capacidad para construir un proyecto que (a día de hoy) represente una mayoría popular. Es por esto que, al no haber representación en niveles superiores, las bases se desgastan y desorganizan, los intentos de resistencia (marchas, paros, etc.) no logran aun franquear los pilares impuestos por el oficialismo y las pocas victorias para aquellos que creemos en otro tipo de país vienen por el lado de los errores, no por virtudes. Casos de corrupción obscenos, ataques a grupos históricamente perjudicados y demás, que para mí serán en el futuro próximo los cimientos de la discusión.

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José Ignacio Renard