Que haria yo sin este mundo: historia y política en argentina

En política cada palabra cuenta y pesa

cada crítica bien intencionada debilita

a propios y fortalece a ajenos.

  1. Gaude. (En referencia a la revista De Frente)

EL LOCO

El coronel General Manuel Dorrego fue destacado por su astucia en batalla y su lengua subversiva. Luego de una intensa vida de batallas ganadas y perdidas, tras un golpe de estado y un encadenamiento de traiciones de hombres que juraban su lealtad, es mandando a fusilar por Lavalle.

El loco. Así lo apodaban sus compañeros. Aquel joven que no retrocedía en combate, que luchaba por lograr una soberanía federal entre las provincias que conforman nuestra Argentina. Un hombre cuya lengua ardiente y arrogancia juvenil lo posicionaba en un lugar pasional, y un común respeto entre sus pares. Su ambición no yacía en el brillo de su semblante sino en un bien común: lograr la unión de los países para fortalecer la soberanía frente a los avances de los imperios portugueses e ingleses. Su espada filosa que asombraba en su habilidad, se forjó un lugar en el miedo de los enemigos. La tenía pegada en la mano, era una extensión de su propio cuerpo.

El loco viene de una familia portuguesa. Su padre, un gran comerciante que logró instalarse cómodamente en Buenos Aires y crecer en sus ventas, intentó llevar al joven por el buen camino, dándole una excelente educación. Su madre era una apasionada. Los gritos aguerridos hacían eco por las calles de Buenos aires y tocaban el fondo de su vientre donde se albergaba el cuerpo de nuestro prócer. Desafiaba lo impuesto frente a la hegemonía del poder, ella no tambaleaba, no retrocedía, no balbuceaba. Lograba elevar su inconformidad a la dignidad política. Esa joven fue la madre de Dorrego, fue su lengua materna.

María de la Asencion (así se llamaba) nombró a Dorrego como Manuel (Mesías profetizado por Isaías, el Nazareno que murió en la cruz), Críspulo (un mártir Español, siervo de dios), Bernabé (figura de los hechos de apósteles, murió apedreado por los judíos). Manuel Críspulo Bernabé Dorrego, el nombre propio que marca la carne de ese joven niño que se volverá unos de los próceres más importantes de nuestra historia argentina. Perseguido por el enemigo, hizo tambalear la oligarquía política de su época convirtiéndose en un referente de los pobres. Así también lo apodaban quienes lo odiaban. Murió asesinado, siendo el primer ídolo popular y unos de los hombres con mayor influencia en la comunidad. (Véase el libro de Hernán Brienza, “El loco Dorrego”).

¿Por qué detenernos en Dorrego para pensar la actualidad? ¿Qué nos enseña él sobre la historia, sobre la política y sobre la juventud? ¿Cómo pensamos la política? ¿Hay acaso apolítica como se suele decir en la actualidad? ¿Qué es no meterse en política?

En el otro polo está él. Sentado sobre el mejor cuero de América, tirado en su sillón. Vestido con traje de tela inglesa y saboreando las aguas ardientes más lujosas de Europa. Enajenado en su propia perfección, pensando que estas tierras nunca podrán ser país. Anhelando la Agalma que está cruzando el mar. Respetado por los líderes europeos, temido por algunos políticos silenciosos, engañado por su bella imagen, tienen ustedes aquí al “gran” Rivadavia.

Dos liberales que están causados por intereses distintos. Rivadavia quiere volver a Argentina una colonia. El loco Dorrego (junto a otros grandes como Belgrano), sacar a patadas aquellos que quieren colonizarnos. Ambos sujetos de envergaduras políticas distintas y de valentías asimétricas. Uno con años de experiencia y buena sofistica, el otro un joven que intenta tallarse el nombre entre los grandes. Ambos retornan en la actualidad y sobre esto trabajaremos, no con el objetivo de hacer diagnostico ni pronóstico de lo que sucede, tampoco con la sutileza del ser expertos en el tema. Por eso le pido paciencia al lector.

Lo que nos interesa es pensar que el pasado está demasiado cerca. Ubicar aquellos retornos de detalles históricos que no son casuales en nuestro contexto, nombrar aquellos hechos históricos que intentan ser borrados por lo histórico-vivencial de originalidades políticas que impregnan de sentido el origen político, negando la historia. Nos interesa instalar algunas preguntas para pensar, para pensarnos, para saber que no es novedad lo que está pasando.

 

NO OS AZOREIS ARISTOCRATAS POR ESTA APARICION

El poeta Varela fue también, además de un literato, un político unitario. Escribe un poema que favorece a Rivadavia aludiendo que quienes acompañaban el proyecto del presidente eran los civilizados, la “Civilización”, lo que estaba bien, o los “argentinos de bien”, diríamos hoy en día. Quienes se oponían al régimen eran unos pobres, unos bárbaros, la “Barbarie” los llamó.

Este texto fue publicado bajo el título de “El mensajero” (1827). Donde Varela apologizaba a favor de las reformas del presidente, tomando posición unitaria y oponiendo el malestar del pueblo a su no cooperación con las reformas, ubicando toda subversión como barbarie. La culpa de la miseria del pueblo era por su no implicación al régimen totalitario de Rivadavia, por no acompañarlo en sus decisiones políticas que destruían cada vez más su comunidad. Los cantos del poeta Varela en su ritmo de canalla, intentaban mantener el caos ordenado. Poco a poco en su combate cultural el poeta se gana el respeto en el ámbito político y el cariño del presidente. Pero Dorrego no era un hombre a quien el canto perverso de una pluma poco docta pudiera sucumbir, no, Manuel era un hombre de acción, usaba la espada como la pluma, a lo Cervantes, y no se iba a quedar atrás mientras el avance unitario destruía y empobrecía al pueblo. Entre 1827-1828 Dorrego publica en un diario opositor, “El Tributo”, contra el mandato unitario, en el que podemos leer lo siguiente:

“No os azoréis aristócratas por esta aparición… téngase entendido que siempre ha de ser más vehemente cuando censure a los administradores públicos por los males que sus medidas acarreen al pueblo, que lisonjero cuando los apologice por los bienes que ellos le deparen… La opinión es libre. Cada cual puede formar la que le guste. Para cierta clase de reptiles, El Tributo será un anarquista, un desorganizador. Para otra gente será el defensor clásico de la libertad y no faltarán tal vez algunos que lo supongan muerto de hambre y que es escritor pane lucrando. Entre tanto, los pueblos oyen y juzgan. El Tributo confiesa que todo puede ser sin ser milagro.

No nos detendremos a explayar los momentos históricos políticos que se estaban viviendo post revolución, pero si señalar que ese intento de adormecer la voz y el malestar del pueblo retorna año posteriores. Por ejemplo, con Domingo Faustino Sarmiento, cuando escribe el Facundo, donde se puede leer que la causa de la guerra civil vivenciada es efecto de una falta de educación por parte de un sector de la comunidad que resiste las crueldades de decisiones políticas que favorecen a unos pocos, y entonces se produce entonces la disputa ente entre ricos y pobres, entre la civilización y la barbarie, entre los ilustrados y los negros, los brutos, la peste, lo que molesta. Para el intelectual Sarmiento, la barbarie es efecto de la falta de disciplina. Tema que hoy podemos encontrar en los fundamentos de una política de la sociedad respecto a bajar la edad de imputabilidad.

 ¿Por qué Sarmiento se fascina tanto con la barbarie? ¿Qué ve en la barbarie que ve en sí mismo y se le vuelve intolerable? La locura, la lengua, lo indomable, el saber en la pobreza. ¿Por qué este intento de domesticar la barbarie? ¿Por qué este miedo a lo “no civilizado”, a una lengua gauchesca como la de Güemes frente a los ingleses, la de Perón a la “revolución libertadora”, la de Charly García y Diego Armando Maradona contra la dictadura cívico-militar, la de Evita y Cristina contra los medios hegemónicos del poder de Derecha, o la del Loco Dorrego contra Lavalle? ¿Qué es lo que estas lenguas vienen a decir?

Lo que estas lenguas vienen a denunciar en diferentes siglos (1800, 1900, 2000) es la imposibilidad de silenciar las miserias que vive el pueblo. Son subversivas porque agrupan, arman, producen, dan origen a comunidades organizadas. Se las intenta amordazar porque son el cáncer de los ideales de aquellos que como Rivadavia piensan que pueden torcer los intereses de la comunidad en pos de intereses de mercados, negocios, oligarquías. Lo inconmensurable de esta locura es el pulmón de un nuevo sentido que hace surgir un nuevo destino. El poeta Samuel Beckett en “seis poemas” (1947-1949) nos enseña que “bien bien hay un país donde el olvido donde pesa el olvido… Allí a la cabeza se le hace callar la cabeza es muda… (p.159). Hacer hablar esos intentos de silenciamiento como fueron la dictadura cívico-militar en Argentina, como intentaron con Dorrego o el positivismo educacional de Sarmiento, es dar batalla a un sentido que coagula sufrimiento. Hoy nos encontramos en esa lucha nuevamente. Se intenta negar la historia porque la historia los condena, porque las manchas de sangre en la tierra de un país no se pueden tapar con una alfombra roja, porque el fantasma de nuestros muertos como enseña W. Shakespeare no cesa de hacer eco. Una vez abierta la herida hay que elevarla a la dignidad política para que el agradecimiento advenga como una nostalgia que inscriba lo que nunca más queremos ser. Si la negación sucumbe el sentido, más fuerte se hará escuchar su afirmación.

 

CUANDO ESTUVIMOS DESESPERADOS,

ALGUIEN CONTÓ LA HISTORIA.

El poeta Francisco Urondo comienza su poema “Del otro lado” con dos versos potentes: “Cuando estuvimos desesperados, alguien contó la historia”. La liberación de Argentina viene de la mano de jóvenes adultos que torcieron la potestad de pocos en post del interés de muchos. Hoy en día se suele decir “los jóvenes están en una” confundiendo juventud con generación. La juventud no está perdida como dicen, hay tantos jóvenes luchando en el presente como semillas por venir. Adultos jóvenes que trasmiten la importancia de un país soberano en las aulas, mayores jóvenes que se reúnen bajo el nombre de jubilados que ponen el cuerpo para defender su dignidad. La juventud lleva la marca de la barbarie que resiste, no es una generación, es un estar en combate. Todo aquel que en su añoranza nostálgica diga “Todo pasado fue mejor” no hace más que salirse de la posibilidad, renunciar al porvenir y quedar atrapado en las manos suaves de un primer amor jamás vuelto a encontrar. 

¿Cómo se explica que la juventud está en una, cuando uno mira que las marchas en defensa de la Universidad Pública, entre otras, juntaron en todo el país 1 millón de personas que salieron a la calle en defensa de la Universidad? ¿Acaso conviene instalar la idea de que la Juventud está en una? Como enseña Dante en la Divina Comedia, en el Infierno “Solo se le tiene miedo a una potencia dañadora”. ¿Por qué se odia tanto a la juventud? ¿Qué daño puede hacer la Juventud? ¿Por qué condenan a Sócrates?

Cuando el sentido político se piensa en términos de diagnósticos de especialistas en redes (estamos así porque fracaso tal personaje) y no en las batallas realizadas por éstos; cuando el ser nacional no es una especulación cuantitativa (como la que dimos como ejemplo a fin de desmontar un imaginario social establecido) sino que se pone en acto como una marea que arrasa los sentidos empresariales, egoístas, sectorizados de un poder, podemos entender que la disputa no está perdida.

No hay una negativización de la política como se quiere imponer constantemente. Foucault, como Hannah Arendt y muchos otros, nos ayudan a desmontar tal negativización de la política, es decir, que la negativización no es más que su positivización radical. Entonces nombrarse como “apolítico” es un acto radicalmente político, embriagado de una irresponsabilidad propiciada por quién diría “Relajate, no te metas en política, votá al menos peor, hay que ser neutrales”.

El objetivo de estos discursos instalados desde los medios de comunicación es político, porque una vez desarmado el interés por la soberanía, fragmentado el lazo social y producido subjetividades cercenadas sobre sí mismas, quedamos expuestos al interés político que lleva a que las personas accionen en contra de sus intereses, triunfando un sentido político que atenta sobre los derechos.

 

AIRES DE REVIVAL POLITICOS

Quienes se llaman al silencio, quienes prefieren evitar temas de política, no hacen sino más que experimentar más fuerte su efecto. La palabra y la política se asemejan, ambas accionan, no hay palabra que no sea política y no hay política que no incluya la palabra. Hanna Arendt definía a la política como un accionar sobre las acciones. Con efectos esperados e inesperados, con batallas que inauguran nuevos triunfos y otras que los pierden. Pero también es una praxis, porque quien acciona sin comprender qué sentido se disputa, no hace más que realizar una compulsión (véase Freud, a quien le interese el tema). Sea usted un brillante militante político o no, sea representante o líder amado por su gente o no, sea ciudadano ilustre, responsable o no.

Los contextos no son pasivos y tranquilos. Aturden constantemente y te ponen a prueba una y otra vez, uno puede hallar paz en los encuentros con otros, en la hospitalidad de otros, en el amor, como decía Lou Andreas Salome en su novela “Un desvío”. Tomar posición es inmediatamente perder algo, es tambalearse en la cuerda que hace surgir el vértigo de caer, como enseña Nietzsche en Así habló Zaratrustra. Tomar posición es no poder hacerse más el gil con lo que pasa.

Para finalizar les comparto esta cita de Oscar Masotta quien con una mejor pluma resume lo que intenté comunicar.

Es finalmente porque toda palabra es un juicio sobre la cosa nombrada y ellos prefieren entonces no hablar puesto que no tienen otra moral de la cual extraer sus juicios sobre si mismos que la moral dominante. Les ocurre lo que ellos juzgan que son, lo que a la prostituta de Sartre con el negro: prefieren no tocarse a sí mismo. El silencio en ese sentido es como una tregua, un beneficio momentáneo que se hacen: callar para sentirse menos inmundos. Y cuando aceptan hablar es gracias a una suerte de heroísmo: aceptar hablar es aceptar hundirse, es aceptar ventilar esos juicios lapidarios que la palabra, por el solo hecho de ser pronunciada, deja caer sobre sus vidas. Esa moral que les viene desde afuera y que ellos no han sabido ni han podido negar para fundar un nueva en la autonomía, esa moral sin la cual parece no poder existir el lenguaje, es esa moral la que ellos han interiorizado y que los sumerge en la más pura horizontal pasividad

 

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Pedro Girardo