La crisis presupuestaria de las universidades públicas dejó de ser únicamente una discusión sobre partidas y comenzó a sentirse de manera concreta en las aulas. Salarios que dificultan el recambio generacional, docentes altamente capacitados que encuentran mejores oportunidades en el sector privado, becas insuficientes, estudiantes que trabajan durante la noche para poder estudiar y recursos cada vez más ajustados para mantener edificios y equipamiento forman parte del escenario que describió Daniela Díaz, presidenta de FAGDUT Seccional Rosario y docente de la Universidad Tecnológica Nacional. En diálogo con Democráticamente, el programa que conduce Juan Francisco por AGOFA TV, cuestionó el incumplimiento de la normativa de financiamiento, reclamó la reapertura de paritarias y advirtió sobre un deterioro que atraviesa a toda la UTN. “Un país sin universidad pública no tiene futuro”, sostuvo.
“Estamos pidiendo que se cumpla la ley”
—¿Qué situación están viviendo hoy las universidades?
La verdad que es una situación terrible e increíble. Después de tanto tiempo continuamos pidiendo el cumplimiento de la ley.
En otras épocas reclamábamos que se nos llamara a paritarias, que el sueldo siguiera al índice inflacionario, pero nunca nos pasó esto de tener una ley y estar pidiendo que se cumpla.
Es realmente increíble lo que está pasando.
—¿Qué respuesta tuvieron después de las movilizaciones universitarias?
Ya hicimos la quinta Marcha Federal. Imaginate: cinco veces. Primero fue el pedido para que la ley saliera. Una vez que salió dijimos: “Bueno, ya está”. Pero parece el cuento de nunca acabar.
También tuvimos las cautelares y seguimos esperando. Hicimos esta última marcha multitudinaria y todavía no tenemos del Gobierno ninguna novedad.
No hay nada nuevo que podamos decir en ese sentido.
El conflicto universitario acumula así distintas etapas. Primero estuvo atravesado por la discusión presupuestaria y salarial; después, por las movilizaciones nacionales y los reclamos institucionales. Para Díaz, el escenario actual incorpora un elemento adicional: el desgaste de una comunidad educativa que sostiene el reclamo mientras continúa dando clases y procurando mantener abiertas las universidades.
La dirigente gremial compara la situación con las luchas universitarias de la década de 1990, aunque encuentra una diferencia central: considera que actualmente existe una normativa cuyo cumplimiento sigue siendo objeto de disputa.
La UTN y una crisis que atraviesa todo el país
—¿La Universidad Tecnológica Nacional tiene alguna dificultad adicional por sus características?
Nos está costando mucho continuar con el financiamiento de la universidad. Nosotros somos una universidad que está a lo largo de todo el país. Es una universidad federal, con presencia en distintas provincias.
Entonces seguir funcionando es muy complicado. Es muy complicado a nivel financiamiento y también con las becas, que quedaron congeladas.
Una beca de 50.000 pesos como máximo, ¿qué alumno va a querer investigar por ese tipo de beca?
—¿Por qué considerás especialmente importante sostener una universidad tecnológica?
Creo que las autoridades nacionales deberían pensar que somos parte del motor del país. Nosotros estamos formando ingenieros.
Un país que no tiene ingenieros, que no tiene gente en la industria, ¿qué tipo de país puede pretender?
Somos fundamentales y cada vez se hace más difícil.
La UTN posee una característica que le otorga una dimensión particular al conflicto: su estructura federal. Sus facultades regionales se distribuyen por distintas provincias y forman profesionales estrechamente vinculados con ingeniería, tecnología, industria y producción.
Por eso, Díaz relaciona el financiamiento universitario con una discusión más amplia sobre el desarrollo productivo argentino. Desde su perspectiva, debilitar la capacidad de formación de ingenieros no repercute solamente dentro de las aulas: puede afectar la disponibilidad futura de profesionales para sectores estratégicos.
Estudiar desde Carcarañá y levantarse a las cuatro de la mañana
—¿Cómo está repercutiendo la situación económica sobre los estudiantes?
Por suerte tenemos una buena cantidad de estudiantes, pero justamente hablaba con ellos y me decían: “Profe, para nosotros es imposible, se nos está haciendo muy cuesta arriba”.
Hablaba particularmente con un chico que viaja desde Carcarañá todos los días. Me decía que en otra época quizás su familia hubiese podido mantenerle un departamento acá, pero hoy no puede.
Entonces se levanta a las cuatro de la mañana para poder llegar a la Facultad, estudiar y después volver.
—¿El problema económico empieza a condicionar entonces la posibilidad de estudiar?
Sí. Realmente estamos atravesando una situación muy complicada desde los dos lados para poder fortalecer y mantener la educación.
No es solamente lo que pasa dentro de la Universidad. También está lo que les ocurre a los estudiantes y a sus familias.
Hay un esfuerzo enorme para poder seguir estudiando.
La gratuidad universitaria elimina el arancel, pero no todos los costos asociados a una carrera. Transporte, alimentación, materiales y alojamiento forman parte de una estructura económica que puede convertirse en una barrera de permanencia.
La situación se vuelve especialmente sensible en una universidad que recibe estudiantes de otras localidades. El caso relatado por Díaz muestra una de esas estrategias familiares: ante la imposibilidad de afrontar un alquiler en Rosario, viajar diariamente decenas de kilómetros para continuar estudiando.
“En 15 días renunciaron 10 docentes”
—Además de los estudiantes, ¿están perdiendo docentes por la situación salarial?
Sí. Particularmente, en nuestra situación, nos ha pasado que en 15 días renunciaron 10 docentes.
Tenemos docentes jóvenes que necesitamos que se renueven porque hay muchos profesores que ya están en edad jubilatoria.
Por nuestra normativa pueden extender cinco años más, pero algunos que podrían quedarse deciden jubilarse porque dicen: “Me voy ahora que sé que por lo menos voy a tener una mínima jubilación”. Entonces se nos van.
—¿Y qué ocurre cuando intentan incorporar docentes jóvenes?
La gente joven inicia ganando aproximadamente 290.000 pesos por un cargo de 10 horas semanales.
Los alumnos, una vez que egresan, muchas veces tienen ganas de quedarse en la Facultad y toman el cargo. Pero después se dan cuenta de que no pueden vivir.
Entonces aparece el problema del recambio. Es muy difícil sostenerlo.
El dato de las diez renuncias en apenas dos semanas sintetiza uno de los problemas más delicados que enfrenta la institución según la dirigente: cómo reemplazar a una generación de docentes experimentados cuando las condiciones salariales dificultan que los profesionales jóvenes construyan una carrera universitaria.
La dificultad no necesariamente se traduce inmediatamente en aulas sin profesores. Puede producir un deterioro más silencioso: profesionales que toman pocas horas, combinan múltiples trabajos o directamente abandonan la carrera académica.
Docentes que dicen: “Estoy pagando para trabajar”
—¿Hasta qué punto puede llegar ese deterioro salarial?
La semana pasada hablaba con uno de estos docentes y me decía: “Mirá, yo estoy pagando”. Le pregunté cómo podía estar pagando para trabajar.
Me explicó que, con los descuentos y el adicional de la obra social, terminaba cobrando alrededor de 80.000 pesos por mes. Después tiene que pagarse el transporte.
Es una persona a la que le encanta la universidad, que viene desde hace años participando, pero llega un momento en que tiene que pensarlo.
—¿Qué ocurre con quienes deciden quedarse?
Los que estamos somos gente que llevamos muchos años. Yo tengo prácticamente 28 años en la docencia.
Me quiero quedar porque quiero seguir haciendo esto, porque me gusta y me apasiona.
Pero claramente, si lo hiciera por el sueldo, no estaría trabajando de esto.
La vocación aparece como uno de los factores que todavía permite sostener parte del sistema. Pero Díaz advierte sobre el límite de convertir ese compromiso en la principal explicación de la permanencia docente.
Una universidad necesita profesores que elijan enseñar e investigar, pero también condiciones laborales capaces de convertir esa elección en una profesión sostenible. De lo contrario, el riesgo es que la carrera académica quede reservada a quienes puedan complementarla con otros ingresos.
“El docente no entra a la Universidad y nunca más es evaluado”
—También se escucha que los docentes universitarios deberían ser evaluados periódicamente. ¿Cómo funciona realmente?
Ahí hay mucho desconocimiento. Nosotros cada cuatro años tenemos lo que se llama carrera académica. Es volver a rendir para revalidar tu cargo.
Tenés que presentar todos tus antecedentes, estás frente a un jurado y se evalúa capacitación, investigación y toda tu actividad.
El jurado no está integrado solamente por personas de la misma Universidad: hay integrantes externos.
—Entonces, ¿un docente debe volver a acreditar periódicamente su capacidad para permanecer?
Exactamente. El docente no entra a la Universidad y nunca más es evaluado.
Para ingresar tiene que rendir un concurso, interno o externo, donde pueden presentarse profesionales de distintos lugares.
Y además, cada cuatro años, para poder seguir dando clases, tenés que volver a rendir tu carrera académica.
Díaz busca desmontar así una idea que considera instalada de manera equivocada: que el docente universitario obtiene un cargo y permanece indefinidamente sin evaluaciones.
En la UTN, según explicó, el sistema combina concursos de ingreso con una carrera académica que obliga periódicamente a acreditar antecedentes, capacitación, investigación y desempeño. Ese nivel de exigencia, sostiene, contrasta con los ingresos que actualmente perciben los profesionales.
Un doctor con dedicación exclusiva: $2,9 millones
—¿Cuánto puede ganar el docente que está en el nivel más alto?
El máximo podría ser un doctor con dedicación exclusiva. Son 50 horas y no puede trabajar en otro lugar porque es exclusivo de la Universidad.
La mayoría son doctores para acceder a esos cargos y tienen que hacer investigación.
Una persona en esas condiciones gana aproximadamente 2.900.000 pesos.
—¿Y cuánto podría percibir un profesional con esa formación en el sector privado?
Una persona con ese nivel tendría que ganar más de 10 millones de pesos en el sector privado.
Estamos hablando de doctores que, en muchos casos, hicieron sus doctorados o posdoctorados incluso en el exterior.
Por eso tampoco tenemos tantos. Son profesionales muy buscados y muchos terminan yéndose.
El contraste que plantea Díaz ayuda a explicar el problema del recambio. No se trata únicamente del salario inicial. La brecha continúa, según su estimación, incluso en los escalones de mayor formación y dedicación.
La consecuencia puede resultar particularmente sensible para la investigación: formar un doctor o un posdoctor demanda años. Cuando ese profesional abandona el sistema, la universidad pierde no solamente un docente, sino conocimiento acumulado y capacidad para formar nuevas generaciones.
Investigación para energía, industria y desarrollo
—¿Qué se pierde cuando un investigador altamente formado deja la Universidad?
Se pierde muchísimo. Nosotros, dentro de la Tecnológica, tenemos investigaciones que son fundamentales.
Tenemos, por ejemplo, un observatorio de energía sustentable donde se investiga sobre centrales fotovoltaicas, centrales eólicas y distintas cuestiones vinculadas con energía.
Son temas muy importantes para un país.
—¿Es investigación vinculada directamente con necesidades productivas?
Por supuesto. Estamos hablando de energía, ingeniería, tecnología.
Son cuestiones que ya forman parte del presente y también tienen una enorme importancia para el futuro.
Por eso necesitamos profesionales preparados y necesitamos que puedan quedarse.
La discusión salarial adquiere así una dimensión productiva. La UTN no solamente forma graduados para el mercado laboral: desarrolla investigaciones vinculadas con áreas estratégicas como energía, tecnología e industria.
La pérdida de investigadores puede significar entonces una reducción de capacidades que excede al sistema educativo. Lo que se deteriora también es una parte de la infraestructura científica disponible para pensar soluciones tecnológicas y productivas.
“Contando las chirolas” para mantener la Facultad
—¿Cómo está la situación del mantenimiento y la infraestructura?
Se está haciendo todo el esfuerzo. Estamos realizando algunos arreglos, pero con un esfuerzo terrible. Contando las chirolas, como se dice.
Para poder pintar un aula, arreglar algo o poner algún aire acondicionado en una sala de profesores tenemos que administrar hasta lo mínimo.
Si sigue así el presupuesto, va a ser prácticamente muy difícil.
—¿Incluso empiezan a sentirse dificultades en cuestiones básicas?
Sí. Entrás y los baños están limpios, hay papel higiénico, jabón. Son cosas pequeñas, pero hasta eso empieza a sentirse que cuesta comprar.
Las autoridades hacen todo el esfuerzo por mantener los edificios y también existe mucho cuidado de estudiantes, docentes y no docentes.
Pero mantener todo eso cuesta.
El ajuste presupuestario se vuelve visible en aspectos cotidianos. Pintura, climatización, limpieza o reparaciones pueden parecer cuestiones menores frente a grandes obras, pero constituyen las condiciones materiales indispensables para que miles de personas estudien y trabajen diariamente.
La estrategia es priorizar, postergar y administrar recursos escasos. Sin embargo, cuanto más tiempo se difieren tareas de mantenimiento, mayor puede ser el costo futuro de recuperar instalaciones deterioradas.
Empresas privadas y convenios para sostener equipamiento
—¿Qué pasa con las herramientas y la tecnología necesarias para enseñar?
Estamos estirando todo lo posible. En muchos casos conseguimos equipamiento gracias a aportes de empresas privadas y convenios con distintas instituciones.
Por ejemplo, en Sistemas podemos recibir máquinas, software o recursos a través de acuerdos.
Así logramos adquirir hardware y software para poder seguir.
—¿Sin esos convenios sería mucho más difícil?
Sí, sería imposible.
Vamos haciendo convenios con una empresa u otra y así conseguimos seguir incorporando algunas herramientas.
Es una manera de sostener la actividad frente a las restricciones presupuestarias.
Los acuerdos con empresas permiten cubrir parcialmente necesidades que el presupuesto universitario no alcanza a resolver. En una institución tecnológica, la actualización de hardware, software y equipamiento posee además una importancia adicional: enseñar con tecnologías obsoletas puede ampliar la distancia entre la formación académica y las herramientas utilizadas posteriormente en el mundo laboral.
Los convenios aparecen como complemento, aunque no sustituyen la necesidad de un financiamiento estructural que permita planificar inversiones y no depender exclusivamente de oportunidades externas.
De 130 estudiantes a 60 o 70
—¿Están viendo deserción estudiantil?
Sí. A principio de año tuvimos una matrícula muy buena. Yo tenía comisiones de 120 o 130 alumnos.
Pero a esta altura del año te das cuenta de la caída. De una comisión de 130, hoy puedo tener 60 o 70.
Estamos hablando prácticamente de la mitad.
—¿Cuánto pesa la cuestión económica en esa caída?
Hay estudiantes que descubren que la carrera no era lo que querían y cambian. Eso siempre existe.
Pero se ve mucho el tema económico.
Este año estoy viendo situaciones que en 28 años de docencia nunca me habían pasado.
La caída dentro de las comisiones no equivale necesariamente a una tasa institucional de abandono, ya que puede incluir cambios de carrera u otras situaciones académicas. Díaz, sin embargo, señala que el componente económico aparece reiteradamente en sus conversaciones con los estudiantes.
La diferencia entre inscribirse y permanecer se vuelve central. Una matrícula elevada al comienzo del ciclo no garantiza que esos jóvenes puedan sostener económicamente diez meses de cursado.
El alumno que trabajaba toda la noche y se durmió en clase
—¿Qué situación te impactó especialmente este año?
Un alumno se durmió durante mi clase. Cuando terminó me acerqué y pensé: “Qué aburrido debo haber estado dando la clase”.
Pero el chico me dijo: “Discúlpeme, profesora, pero trabajo toda la noche en una panadería. Salgo a las 6:15 y estoy acá a las 7:15. Le aseguro que no doy más”.
Jamás me había pasado algo así en 28 años de docencia.
—¿Cuánto tiempo puede sostener un estudiante semejante esfuerzo?
Esa es la pregunta: ¿cuánto puede durar?
En la Tecnológica trabajamos muy cerca de los alumnos. Tenemos tutores, los conocemos, hablamos con ellos, nos quedamos tomando un mate o un café.
Y ellos te cuentan el esfuerzo que están haciendo para poder seguir estudiando.
El relato resume una dimensión de la crisis que ninguna partida presupuestaria universitaria puede explicar por sí sola. El deterioro de los ingresos familiares obliga a algunos estudiantes a combinar jornadas laborales extensas con carreras que, por su complejidad, también demandan una importante carga horaria.
Para Díaz, el riesgo es que la universidad continúe formalmente abierta pero se vuelva materialmente cada vez más difícil de transitar para quienes dependen de trabajar muchas horas para sostenerse.
“La esperanza es que se cumpla la ley”
—¿Cuál es hoy la esperanza para salir de esta situación?
La esperanza es que se cumpla la ley.
Que se nos llame a paritarias como corresponde y que el presupuesto sea el necesario para funcionar.
El presupuesto que se pide no es dinero por pedir. Se analiza en las comisiones, en rectorado, en el Consejo Superior. Es lo mínimo para seguir funcionando.
—¿Qué reclaman concretamente los docentes?
Que el presupuesto sea efectivo, que la ley se cumpla, que se pague lo que se debe y que volvamos a tener paritarias.
Hace muchos años que estoy en FAGDUT, pasé por distintos cargos hasta llegar a la presidencia, y siempre tuvimos paritarias.
Sabíamos que había negociación, que quizás no conseguíamos todo lo que pedíamos, pero existía una instancia para discutir cómo continuar.
El reclamo gremial combina así dos dimensiones: presupuesto institucional y salarios. Díaz insiste en que no pueden analizarse por separado porque ambos determinan las posibilidades reales de sostener la enseñanza.
A la falta de respuestas le agrega un factor que aparece repetidamente durante la entrevista: el agotamiento. Docentes, estudiantes, dirigentes gremiales y trabajadores no docentes llevan meses compatibilizando sus actividades habituales con movilizaciones y reclamos.
Una crisis que alcanza a toda la UTN
—¿Hay regionales de la UTN que estén mejor o peor que Rosario?
No, estamos todas en una situación similar porque dependemos del rectorado.
Hay facultades regionales más chicas y otras más grandes, como Rosario, Córdoba o Buenos Aires, pero el esquema general es el mismo.
Los salarios son los mismos y la distribución presupuestaria viene desde arriba.
—¿La comunidad universitaria permanece unida frente al conflicto?
Sí. Tenemos la suerte de que el rector acompaña nuestros movimientos. También existe un trabajo muy unido con los no docentes y los estudiantes.
Los estudiantes sienten esta situación, pero también ven que hacemos el esfuerzo para no perjudicarlos. En la última marcha hubo muchísimos estudiantes de Rosario trabajando cabeza a cabeza con nosotros.
Estamos todos juntos tratando de salir adelante porque sabemos que la universidad es el único futuro. Un país sin universidad pública no tiene futuro.
La crisis, según Díaz, no distingue demasiado entre las distintas facultades regionales. Cambian las escalas, la cantidad de estudiantes y las necesidades particulares, pero el origen presupuestario y salarial es común.
Esa estructura también explica por qué las protestas adquirieron carácter federal. El conflicto no queda limitado a las grandes universidades tradicionales: atraviesa a una institución tecnológica distribuida territorialmente y estrechamente vinculada con las necesidades productivas de cada región.
“Es mucho el cansancio”
—Después de tantas movilizaciones y reclamos, ¿cómo están quienes sostienen esta pelea?
Hay mucho cansancio. A nivel gremial, estudiantil, docente, en todos lados.
Además, nosotros no nos dedicamos solamente a la actividad gremial. Yo soy presidenta de la seccional, pero también trabajo, doy clases, estoy con los alumnos, corrijo y hago todo lo que implica la docencia.
Y a todo eso se suma esta lucha.
—¿Todavía existe expectativa de una solución?
Siempre parece que vemos la lucecita, pero nunca llegamos al final del túnel.
Decimos: “Bueno, salió la ley”. Después: “Bueno, ahora la cautelar”. Después aparece otra instancia y pensamos que finalmente se va a resolver.
Pero siempre estamos esperando llegar al final y nunca llegamos.
El testimonio de Daniela Díaz deja una fotografía que trasciende la negociación salarial. En la UTN Rosario, la crisis se manifiesta simultáneamente en docentes que renuncian, dificultades para incorporar jóvenes profesionales, estudiantes que abandonan durante el año, becas insuficientes, mantenimiento postergado y una creciente dependencia de convenios para actualizar equipamiento.
Pero quizá el dato más sensible sea el vínculo entre ambas puntas de la comunidad universitaria. Mientras jóvenes profesionales evalúan si pueden permitirse económicamente convertirse en docentes, algunos estudiantes se preguntan si pueden permitirse continuar siendo estudiantes.
En el medio permanece una institución que forma ingenieros, investiga sobre energía y tecnología y busca sostener su funcionamiento federal. Para Díaz, esa es la discusión que debería superar la disputa presupuestaria inmediata: qué universidad tecnológica necesita la Argentina para su desarrollo y qué ocurre si quienes deberían enseñar, investigar y estudiar ya no pueden económicamente permanecer dentro de ella.


