Fanny Tissembaum: “No nos tenemos que lavar las manos, en Rosario hay gente analfabeta”

La referente de Alfabetización Santa Fe contó cómo más de 100 voluntarios trabajan con niños, adolescentes y adultos que quedaron afuera del acceso efectivo a la lectoescritura.

Comenzaron trabajando dentro de las cárceles y, con el paso de los años, descubrieron que el analfabetismo atravesaba también barrios populares, familias y escuelas. Hoy, Alfabetización Santa Fe reúne a más de 100 voluntarios y lleva casi 14 años trabajando con personas privadas de la libertad, niños, adolescentes y adultos que por diferentes motivos quedaron al margen de un derecho elemental: aprender a leer y escribir. Fanny Tissembaum, Candela Pelourson y Felicitas Lisa pasaron por Democráticamente, el programa que conduce Juan Francisco por AGOFA TV, para explicar una tarea que excede largamente la enseñanza de las primeras letras. Desde la educación popular, la organización construye espacios de encuentro, escucha y acompañamiento, sostiene talleres en unidades penitenciarias, trabaja actualmente en cinco escuelas, desarrolla actividades en barrio Ludueña y llega incluso a domicilios particulares. Todo con trabajo voluntario y donaciones, sin financiamiento permanente del Estado. Una experiencia que permite, además, mirar una problemática generalmente invisibilizada: todavía existen rosarinos que llegan a la adultez sin saber leer ni escribir.

De las cárceles a los barrios y las escuelas

—Para quienes todavía no conocen Alfabetización Santa Fe, ¿qué hacen y cómo comenzó este trabajo?

Somos una asociación civil compuesta por voluntarios. Somos más de 100 voluntarios y hace casi 14 años que estamos en este sendero.

Se empezó con las cárceles, que son nuestros platos fuertes, lo que más se ve, pero no es solamente eso. Después empezamos a salir a los barrios y ahora, desde hace un par de años, también estamos en escuelas.

Trabajamos a demanda. Nos llaman de algunas escuelas secundarias donde también hay problemas de alfabetización y vamos estirando nuestro brazo ejecutor a medida que conseguimos voluntades.

—¿Hoy la alfabetización abarca entonces edades y contextos muy diferentes?

Sí. Actualmente estamos en cinco escuelas, cuatro secundarias y una primaria. Empezamos en la cárcel, pero actualmente abordamos la lectoescritura en niñeces, infancias, adolescentes y adultos. Lo hacemos de una manera etaria muy amplia.

La problemática empezó a extenderse cuando comenzamos a encontrarnos con situaciones familiares: “Mi hijo tampoco sabe”, “Si yo no sé, ¿cómo le enseño a mi sobrino?”. Ahí empezamos a comprender la dimensión de la necesidad.

La primera vez que salimos de la cárcel fue porque uno de los delegados nos contó que su madre tenía una olla popular en barrio San Francisquito y que dos de las señoras que colaboraban allí no sabían leer ni escribir. Fuimos y ahí comenzó nuestro primer punto de alfabetización en un barrio.

La experiencia muestra que el analfabetismo difícilmente pueda comprenderse como un problema aislado de una persona. Cuando un adulto no tuvo acceso efectivo a la lectoescritura, esa carencia puede atravesar también la dinámica familiar: acompañar las tareas escolares de un hijo, comprender documentación, realizar trámites o desenvolverse autónomamente en actividades cotidianas se vuelve mucho más difícil.

Ese descubrimiento modificó el alcance de Alfabetización Santa Fe. La cárcel dejó de ser el único territorio y la organización comenzó a construir una red que hoy conecta unidades penitenciarias, escuelas, barrios y hogares.

Una sede en Ludueña y talleres durante toda la semana

—¿Dónde están trabajando actualmente fuera de las cárceles?

Tenemos presencia en distintas escuelas y además contamos con una sede propia desde hace aproximadamente un año y medio en Tucumán 5565, en barrio Ludueña.

Ahí recibimos también a personas que quieren aprender, damos la merienda y tenemos talleres todos los días.

Además trabajamos en escuelas como Champagnat, Maestro Sergio del Coro y Soldados Argentinos. Hay instituciones de gestión oficial y otras privadas que nos convocan porque necesitan una apoyatura que excede lo estrictamente académico.

—¿Cómo funcionan esos talleres dentro de las escuelas?

Muchas veces los talleres se superponen con las clases y la tutora o la vicedirectora seleccionan tres o cuatro participantes que necesitan ese acompañamiento.

Para nosotros es muy importante sumar voluntarios porque la idea, cuando podemos hacerlo, es trabajar uno a uno.

En un aula con 30 personas es muy difícil que una maestra pueda abordar específicamente la situación de un adolescente que llegó a la secundaria y todavía no sabe leer y escribir. Ahí tratamos de acompañar también la lucha docente y a instituciones educativas que están desbordadas.

El trabajo de la asociación no busca reemplazar a la escuela formal. Por el contrario, sus integrantes se definen como una apoyatura frente a situaciones que muchas instituciones encuentran enormes dificultades para abordar individualmente.

La alfabetización personalizada permite detenerse allí donde el ritmo general del aula muchas veces no puede hacerlo. El problema se vuelve especialmente complejo cuando las dificultades se acumulan año tras año y un estudiante continúa avanzando en su escolaridad sin haber incorporado herramientas básicas.

“No es solamente el ma-me-mi-mo-mu”

—Fanny, ¿cómo trabajan dentro de las cárceles?

La alfabetización que nosotros desarrollamos se inscribe en la educación popular. Nuestro prócer más importante es Paulo Freire. Entonces tenemos una mirada amplia y compleja de la alfabetización.

No es solamente el “ma-me-mi-mo-mu”. Es el encuentro, el acercamiento, la mirada, la contención y también observar que no se vulneren otros derechos, además del derecho a la educación, que evidentemente ya fue vulnerado en algún momento de la trayectoria de esas personas.

Actualmente estamos en la Unidad 6, en la Unidad 3 —La Redonda— y en la Sub 3, en 27 de Febrero y Circunvalación. También estamos gestionando el ingreso a la Unidad 2, la cárcel de mujeres.

—¿Cómo llegan las personas privadas de la libertad a los talleres?

La mecánica fue cambiando. Antes pasábamos por los pabellones y los muchachos se inscribían. Ahora ya no podemos pasar por los pabellones.

Entonces vienen quienes quedaron de un año para otro o los propios participantes nos acercan papelitos y nos dicen: “Fanny, acá hay un compañero del pabellón que quiere venir”. A partir de ahí vamos renovando las listas y solicitando las autorizaciones.

En mi caso voy los lunes a la mañana, de 10 a 12. Además estoy trabajando en la biblioteca del penal, que funciona desde hace muchos años.

La alfabetización aparece aquí como una puerta de entrada hacia algo más amplio: recuperar vínculos con la palabra, con otros y con la propia capacidad de expresarse. La referencia a Paulo Freire no es casual. La organización parte de una concepción según la cual aprender a leer y escribir no debería limitarse a reproducir letras, sino permitir comprender y nombrar la realidad.

Dentro de una cárcel, esa dimensión adquiere una importancia adicional. El taller introduce un vínculo con personas provenientes del exterior y crea un espacio donde el participante deja momentáneamente de ser identificado solamente por su condición dentro del sistema penitenciario.

Las restricciones dentro de las cárceles

—Decías que las condiciones para trabajar dentro de los penales cambiaron. ¿Qué ocurrió?

Se fue haciendo cada vez más denso. Cuando yo empecé, en 2016, entrábamos a alfabetizar a los pabellones.

Los muchachos nos esperaban con el mate, con una mesita, un mantelito, galletitas. A veces llevábamos nosotros, a veces ponían ellos. Hoy no nos podemos acercar a la reja.

Nos han ido sacando, sacando y sacando. Ahora tenemos algunas aulas determinadas donde podemos trabajar.

—¿Cuántos voluntarios y talleres sostienen actualmente dentro de las unidades?

En la Unidad 6 tenemos aproximadamente ocho o nueve talleres y somos entre 15 y 20 voluntarios. Después hay tres o cuatro compañeros que van a la Unidad 3 y otros tres o cuatro a la Sub 3.

Hace poquito hicimos una convocatoria y sumamos nuevos voluntarios. Incluso tuvimos que volver a abrir un taller de alfabetización inicial.

Durante un tiempo casi no teníamos muchachos que no pudieran leer y escribir, pero hace aproximadamente dos años empezaron nuevamente a aparecer jóvenes que no sabían nada o que solamente reconocían la imprenta mayúscula.

La organización sostiene que las modificaciones de seguridad produjeron restricciones concretas para desarrollar su tarea dentro de las cárceles. Tissembaum cuestiona ese endurecimiento y lo relaciona con las políticas implementadas por la actual gestión provincial.

Más allá de esa valoración, el cambio operativo que describe es concreto: el contacto directo con los pabellones fue reemplazado por espacios específicos y cupos más restringidos. Esto afecta también la posibilidad de detectar personas que necesitan alfabetización y acercarlas al programa.

La biblioteca como puente hacia la educación formal

—¿Qué importancia tiene la biblioteca dentro del penal?

Para nosotros es muy importante la circulación del material bibliográfico. Tenemos delegados de distintos pabellones y llevamos un registro de los libros.

Es más un espacio de lectura que de escritura. Los muchachos que participan allí están alfabetizados; algunos van a la secundaria, otros ya la terminaron afuera y algunos están haciendo la primaria.

Nuestra mayor inquietud es que después de pasar por nuestros talleres puedan continuar dentro de la educación formal.

—¿Tienen posibilidades reales de continuar estudiando dentro de la cárcel?

El problema es que hay muy pocas vacantes para la educación formal dentro de la cárcel.

Existe educación primaria y también se abrió un bachillerato para adultos, pero tiene pocas vacantes.

Nosotros queremos que la alfabetización sea el comienzo. Que una persona pueda aprender a leer y escribir y después continuar estudiando.

El objetivo de largo plazo no es que el participante dependa indefinidamente del taller, sino que pueda incorporarse o reincorporarse al sistema educativo formal. Allí aparece otro límite señalado por la organización: la disponibilidad de vacantes dentro de las unidades penitenciarias.

La alfabetización inicial resuelve una barrera fundamental, pero no reemplaza la trayectoria educativa. Poder terminar la primaria o secundaria puede convertirse en un segundo paso decisivo para ampliar las posibilidades de reinserción una vez recuperada la libertad.

“Es un espacio de militancia profundamente político”

—Candela, ¿por qué preferís hablar de militancia además de voluntariado?

Personalmente me gusta llamar al espacio como un lugar de militancia profundamente político. Supone un compromiso, una postura y una forma de hacer desde la educación popular.

Cuando llegás a los barrios te encontrás con chicos de entre 6 y 15 años, algunos llegan con hermanitos de 1 o 2 años, algunas veces van sus padres a comer. El espacio no es solamente para aprender a leer y escribir.

También es un momento de encuentro, para comer, ser escuchados, jugar y encontrarse entre ellos.

—¿Qué significa asumir ese compromiso semanalmente?

Muchas veces los nuevos voluntarios preguntan qué metodología usamos. Pero cuando hay alguien del otro lado que te espera, el compromiso pasa a ser mucho mayor.

Sucede también en las cárceles. Cuando finalmente dejan entrar a alguien de afuera que te mira, te escucha, quiere enseñarte y se interesa por vos, eso no es menor.

Después durante la semana te quedás pensando en esa persona, en lo que ocurrió, en cómo acompañarla.

La palabra “política” aparece aquí alejada de la competencia partidaria. Pelourson la utiliza para definir una toma de posición frente a la desigualdad: decidir involucrarse allí donde otra persona quedó afuera de determinados derechos.

El voluntariado adquiere así una exigencia particular. No se trata únicamente de disponer de algunas horas libres, porque la continuidad del vínculo importa tanto como el contenido pedagógico. Cuando una persona espera todas las semanas a quien la acompaña en su proceso de alfabetización, la presencia también se convierte en parte de la enseñanza.

Aprender a escribir para poder contar la propia vida

—¿Qué cambios concretos ven en las personas que aprenden?

Tenemos, por ejemplo, el caso de Josefa, una adulta mayor que va a nuestro local y también participa los sábados porque es vecina de Ludueña.

A partir de aprender a leer y escribir pudo tener un diario de notas íntimas, donde piensa y reflexiona sobre su vida y sobre sus cosas. Algunas después las comparte.

Eso permite entender qué significa realmente leer y escribir para una persona.

—Entonces alfabetizar no termina cuando alguien consigue reconocer palabras.

Exactamente. El “ma-me-mi-mo-mu” puede estar al principio, durante algunas semanas, pero después se convierte en algo mucho más amplio.

Implica poder pensarse a uno mismo.

Y eso es maravilloso porque también construye pensamiento crítico.

El ejemplo muestra una dimensión difícil de traducir en estadísticas. Saber escribir permite completar un formulario o leer un cartel, pero también registrar recuerdos, expresar pensamientos, comunicarse con otros y construir una narración sobre la propia experiencia.

Desde esa perspectiva, alfabetizar significa ampliar autonomía. Una persona deja de necesitar intermediarios para acciones cotidianas y obtiene una herramienta para intervenir de otra manera en su entorno.

Cuando un alumno llega a quinto año sin saber leer

—¿Cómo puede ocurrir que un estudiante llegue a la secundaria con problemas tan profundos de alfabetización?

Muchas veces se van acumulando cosas. Un chico pasa de año sin haber aprendido lo que tenía que aprender y al año siguiente sigue avanzando. Entonces se acumulan dificultades que lo van dejando afuera.

Ese empujoncito que podemos darle desde el taller puede hacer una diferencia porque alguien lo descubrió, alguien lo vio, una tutora o una vicedirectora detectó el problema.

Nosotros tuvimos un chico que llegó a quinto año y recién ahí terminó de aprender a leer y escribir.

—¿Cómo había conseguido sostener toda su trayectoria escolar?

Porque la escuela lo sostuvo. Le dio un entorno y un apoyo, tenía una tutora pendiente de él.

Era un chico con un problema cognitivo, pero no tenía dificultades de socialización. Finalmente terminó quinto año.

Y hoy sabe leer. Por lo menos puede leer aquello que está alrededor de su vida ahora que terminó la escuela.

El caso evidencia una paradoja educativa: permanecer dentro del sistema no garantiza necesariamente haber adquirido todas las herramientas que corresponden a cada etapa. La inclusión formal puede convivir con dificultades de aprendizaje que se acumulan silenciosamente.

Para Alfabetización Santa Fe, allí cobra importancia el acompañamiento personalizado. Detectar a tiempo una dificultad y disponer de alguien que pueda trabajar individualmente puede impedir que años de escolaridad terminen convirtiéndose en una permanencia institucional sin aprendizaje efectivo.

“Nadie puede aprender a escribir con la panza vacía”

—Además de alfabetizar, los sábados también ofrecen comida. ¿Por qué incorporaron esa dimensión?

Porque el hambre forma parte de esta realidad. Hay una frase que puede sonar medio cliché, pero sirve para pensar: nadie estudia con hambre, nadie puede aprender a escribir con la panza vacía.

Nosotros podemos desayunar antes de estudiar, pero muchas veces no sabemos cuándo fue la última vez que comió el chico que tenemos adelante.

Por eso los espacios también incluyen desayunos, meriendas y comida.

—¿Trabajan solamente en espacios comunitarios?

No. También hay compañeros voluntarios que hacen alfabetización domiciliaria.

Se encuentran en alguna casa con tres o cuatro personas, con dos o incluso con una sola. Muchas veces son mujeres.

Porque el analfabetismo también tiene cara de mujer, como tantas otras dificultades sociales.

El enfoque integral surge de la experiencia territorial. Es difícil separar una dificultad educativa de las condiciones materiales en las que vive quien intenta aprender. Hambre, pobreza, violencia familiar, exclusión escolar y falta de oportunidades pueden superponerse sobre una misma persona.

Por eso la organización combina alfabetización con comida, escucha y acompañamiento. No porque pretenda reemplazar las responsabilidades del Estado, sino porque sus integrantes sostienen que el aprendizaje necesita determinadas condiciones mínimas para poder ocurrir.

El analfabetismo que Rosario no ve

—¿Todavía hay muchas personas que no saben leer y escribir en Rosario?

Sí. No nos tenemos que lavar las manos. Sabemos que por fuera del sistema formal hay muchas cosas que están ocurriendo.

Nosotros tenemos nuestros datos y estadísticas. Hicimos relevamientos con apoyo de la extensión de la UNR en distintos barrios.

Calculamos, así grosso modo, que en Rosario puede haber alrededor de 1.000 personas que no saben leer y escribir.

—¿Qué encontraron cuando hicieron relevamientos territoriales?

En un relevamiento de apenas 200 metros alrededor de una escuela encontraron 11 personas que no sabían leer y escribir.

En Santa Lucía hicimos otro sobre 18 manzanas. Había unas 450 familias y pudimos relevar alrededor de 350 hogares.

Ahí encontramos 84 personas que no sabían leer y escribir.

Las cifras aportadas por la asociación surgen de sus propios relevamientos territoriales y no constituyen una medición censal de toda Rosario. Sin embargo, funcionan como una señal sobre un fenómeno difícil de detectar: quienes no saben leer y escribir no necesariamente se encuentran dentro de instituciones donde puedan ser identificados.

La estimación de unas mil personas en la ciudad debe entenderse, por lo tanto, como una aproximación construida desde la experiencia territorial de la organización. El relevamiento de Santa Lucía muestra la concentración que el problema puede alcanzar en determinados sectores.

De la ternura de la infancia al miedo frente al joven encarcelado

—¿Qué reflexión les deja encontrarse con chicos atravesados por tantas vulneraciones?

*Hay una frase de Guillermo que usamos mucho: “Los niños cuando son chiquitos nos dan ternura y después los encontramos en la cárcel y nos dan miedo”.*

En el medio está todo ese camino donde no tuvieron acompañamiento.

Nosotros tratamos, con lo que hacemos, de que la sociedad no mire para el costado.

—¿Por eso hablan de un enfoque que va mucho más allá de enseñar letras?

Sí. Porque cuando uno empieza a conocer las historias entiende que las situaciones no aparecen de un día para el otro.

Hay trayectorias, derechos vulnerados y personas que muchas veces quedaron afuera del sistema.

Alfabetizar es una herramienta, pero también implica mirar, escuchar y acompañar.

La frase conecta los diferentes territorios donde trabaja la asociación. El niño del barrio, el adolescente con dificultades escolares y el adulto privado de su libertad no son necesariamente universos independientes. Entre ellos puede existir una continuidad marcada por desigualdades acumuladas.

La alfabetización no resuelve por sí misma pobreza, violencia o exclusión. Pero puede intervenir sobre uno de los mecanismos que profundizan esas desigualdades: quedar afuera de la palabra escrita y, con ella, de innumerables posibilidades educativas, laborales y sociales.

Sin financiamiento estatal: “El mangazo es parte de nuestra actividad”

—¿Cómo financian todo este trabajo?

No tenemos apoyo permanente. No dependemos de ninguna institución ni de ningún nivel estatal, ni Municipalidad ni Provincia. Somos voluntarios.

Tenemos personería jurídica y cuesta sostener el balance, el contador, la abogada y todos los gastos administrativos.

Además queremos llegar a la cárcel con una galletita, un paquete de yerba, cuadernos, lápices o libros. Todo eso cuesta.

—¿Entonces dependen fundamentalmente de las donaciones?

Sí. El mangazo es parte de nuestra actividad fundamental.

Funcionamos con donaciones. A través de Alfabetización Santa Fe hacemos campañas para sumar voluntarios y también para conseguir aportes.

Necesitamos material didáctico, comida para desayunos y meriendas y, muchas veces, tarjetas de transporte para voluntarios que son estudiantes y dejan otras actividades para poder participar.

La sostenibilidad aparece como uno de los principales desafíos después de casi 14 años de trabajo. Una organización puede contar con más de cien voluntarios y, sin embargo, necesitar dinero para funcionar. La gratuidad del trabajo no elimina gastos de alimentos, transporte, materiales, libros, servicios profesionales o mantenimiento.

La asociación no cuenta, según explicaron sus integrantes, con un esquema permanente de financiamiento estatal. Esto obliga a sostener simultáneamente dos tareas: alfabetizar y conseguir los recursos para poder seguir alfabetizando.

Una nueva campaña para sumar socios

—¿Qué propuesta lanzaron para conseguir mayor estabilidad económica?

Hace poquito empezamos a implementar un nuevo sistema de socios y donaciones mensuales.

Quien ingrese a nuestras redes va a encontrar la posibilidad de colaborar todos los meses con el monto que pueda.

También invitamos a conocer los lugares donde trabajamos. Para nosotros es importante que la gente se acerque a la causa y vea qué hacemos.

—¿Y quienes no pueden aportar económicamente también pueden sumarse?

Por supuesto. Hacemos convocatorias periódicas para voluntarios y tenemos convenios con distintas facultades de la UNR, como Derecho, Humanidades, Ciencia Política y Psicología.

Para alfabetizar no hace falta ser docente. Hace falta saber leer y escribir y asumir el compromiso.

Hay muchas maneras de participar. Incluso seguirnos, compartir lo que hacemos o acercar algún conocimiento para un taller puede ayudar.

La campaña de socios busca agregar previsibilidad a una estructura que hasta ahora depende principalmente de aportes puntuales, eventos y campañas. La organización también realiza festivales y compras comunitarias para reducir costos.

La necesidad de nuevos voluntarios continúa siendo permanente. El objetivo del trabajo personalizado hace que cada incorporación permita ampliar la cantidad de personas acompañadas y sostener con mayor continuidad los distintos puntos de alfabetización.

“Salir de la queja” y empezar a involucrarse

—¿Qué les dirían a quienes ven estas situaciones pero no saben cómo participar?

Algo que fue muy importante para nosotras fue salir de la queja. Salir del “nadie hace nada”, del “qué pasa con esta gente” y empezar a conocer un poco más nuestra ciudad.

Rosario no es solamente el centro. Las cárceles no quedan cerca y hay realidades que muchas personas no conocen.

No todos tienen tiempo para ser voluntarios, pero pueden colaborar económicamente, compartir, acercarse o encontrar alguna otra manera de acompañar.

—¿Qué necesitan para poder sostener el proyecto hacia adelante?

Necesitamos que se siga sumando gente. Todo es bienvenido.

En nuestra sede de Tucumán 5565, en barrio Ludueña, estamos de lunes a viernes y tenemos distintos días y horarios para quienes quieran participar.

Si alguien tiene algún conocimiento que pueda sumar a un taller, también puede acercarlo. Peluquería o cualquier otra actividad. Todo es bienvenido.

Después de casi 14 años, Alfabetización Santa Fe construyó una red que comenzó dentro de una cárcel y terminó extendiéndose hacia escuelas, barrios y hogares. En ese recorrido, la organización descubrió que el analfabetismo no pertenece únicamente a quienes nunca ingresaron a una escuela: también puede esconderse detrás de trayectorias educativas incompletas, exclusión social, pobreza o personas que avanzaron durante años dentro del sistema sin aprender efectivamente a leer y escribir.

Pero quizá la principal característica del proyecto sea que la alfabetización funciona como punto de partida y no como destino final. El objetivo no termina cuando alguien consigue leer una oración. Continúa cuando puede volver a estudiar, escribir sobre su propia vida, leer un libro, comprender lo que ocurre a su alrededor o simplemente dejar de depender de otra persona para interpretar una palabra.

Y detrás de cada uno de esos procesos hay alguien esperando del otro lado. Esa es la razón por la que sus integrantes insisten en hablar de compromiso. Porque enseñar a leer y escribir puede comenzar con letras y palabras, pero termina involucrando algo mucho más difícil de medir: hacer visible a una persona que durante demasiado tiempo permaneció afuera de la mirada de los demás.

 

 

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