Osvaldo “Lalín” Ortolani, histórico referente de la Vecinal Empalme Graneros —una institución con 104 años de trayectoria—, pasó por Democráticamente, el programa que conduce Juan Francisco por AGOFA TV, y volvió a poner sobre la mesa una preocupación que atraviesa desde hace décadas al noroeste rosarino: el riesgo hídrico de la cuenca del Ludueña. Con la experiencia de un barrio que atravesó 17 inundaciones durante el siglo XX, cuestionó la demora de obras estructurales, el avance de urbanizaciones sobre zonas que funcionaban como reservorios naturales y la falta de respuestas de los gobiernos provincial y municipal. Su advertencia adquiere especial relevancia ante la posibilidad de eventos climáticos intensos: “No queremos preocupar a la gente. Queremos que los que se tienen que ocupar, se ocupen”.
Empalme Graneros: una historia marcada por 17 inundaciones
—Lalín, Empalme Graneros fue uno de los barrios más castigados históricamente por las inundaciones. ¿Qué significa esa historia para la vecinal?
La Vecinal Empalme Graneros tiene 104 años, es la vecinal más antigua del país y trabajó siempre ininterrumpidamente. Y no es solamente porque la gente era buena. ¿Qué pasó? Durante el siglo XX Empalme sufrió 17 inundaciones.
La inundación te hace perder todo, pero también te hace querer más a tu vecino porque es quien te tiene que ayudar a levantar los muebles. Ahí se genera una comunión distinta. ¿Y dónde nos juntábamos? En la vecinal.
Después de la gran inundación del 86 se crea la represa del Ludueña. Hubo grandes peleas: el Aliviador II, la recuperación del viejo tubo, la pelea por el Aliviador III, la represa. Siempre hablamos de Empalme Graneros porque es el epicentro.
—¿Pero el problema excede ampliamente a Empalme?
Totalmente. En un problema hídrico son 12 localidades y 14 barrios los que pueden verse afectados. Si llegara a producirse una catástrofe, estamos hablando de alrededor de 120.000 o 140.000 personas.
La cuenca del Ludueña tiene aproximadamente 80.000 hectáreas. No estamos hablando de una cosa chiquita. Hay muchas localidades que directa o indirectamente mandan sus aguas hacia el arroyo.
Por eso tenemos que pensar las obras desde una dimensión regional.
La memoria de las inundaciones explica buena parte de la identidad institucional de Empalme Graneros. La vecinal no aborda la problemática hídrica como una discusión técnica ajena al territorio: durante décadas fue uno de los espacios desde donde se organizaron reclamos, movilizaciones y propuestas de obras.
Ortolani advierte, además, contra una mirada exclusivamente rosarina. El agua que finalmente alcanza el Ludueña atraviesa una extensa cuenca y las transformaciones urbanas que ocurren aguas arriba pueden modificar el comportamiento hídrico de los barrios ubicados en las zonas más bajas.
De casi cinco días a 23 horas: el agua llega mucho más rápido
—¿Qué cambió en el comportamiento de la cuenca durante estas décadas?
El pico de crecida de la inundación del 86 tardó cuatro días y medio, casi cinco días, en llegar con toda esa masa de agua hasta la embocadura del arroyo.
En 2012, durante la última gran lluvia, el pico tardó 23 horas. Por suerte no nos inundamos porque estaban las obras, pero la diferencia es enorme.
La misma cantidad de agua llega mucho más rápido. Entonces, aun con el mismo caudal, podés producir un accidente.
—¿Por qué se aceleró tanto el escurrimiento?
Primero apareció la siembra directa, que impermeabiliza un poco el suelo. Después apareció otro jugador: el desarrollador inmobiliario.
¿Qué hace? Busca comprar barato y vender caro. Muchas veces termina comprando una laguna o una zona baja. En la parte baja de la cuenca, muchas de esas lagunas terminaron loteadas.
Si rellenás una laguna que naturalmente recibía agua, esa agua tiene que ir a buscar otro lugar. Y normalmente termina afectando al que está más abajo.
El argumento de Ortolani apunta a un cambio estructural: no solamente importa cuánto llueve, sino qué capacidad conserva el territorio para retener esa precipitación y a qué velocidad termina trasladándose hacia las zonas bajas.
Desde esa perspectiva, los loteos y modificaciones de reservorios naturales no son exclusivamente una discusión urbanística. Para la vecinal forman parte de la política hídrica regional y deberían evaluarse en función de su impacto sobre el conjunto de la cuenca.
“Ellos hacen los negocios, los muertos los vamos a poner nosotros”
—Ustedes vienen recorriendo la cuenca. ¿Qué encuentran actualmente?
Hace 40 años que estamos en esto. Ya somos fanáticos. A veces un domingo, en lugar de hacer otra cosa, salimos a recorrer la cuenca para ver cómo está.
Vemos carteles que dicen que se está trabajando para mitigar los efectos de El Niño, vemos intervenciones, canales que se ensanchan y obras que hacen que el agua corra más rápido.
Y nosotros fuimos al Concejo a decir algo muy sencillo: “Muchachos, ellos hacen los negocios, los muertos los vamos a poner nosotros”.
—¿Por qué utilizás una expresión tan fuerte?
Porque cuando ocurre una catástrofe hay muertos. Y no hablo solamente del que se electrocutó o del que se llevó la corriente.
Hay también un montón de “muertos en vida”, especialmente adultos mayores. Una persona trabajó toda su vida para tener sus muebles, su casa, sus cosas, y de golpe una inundación se lo lleva todo. A determinada edad ya no tiene tiempo para recuperarse.
Nosotros hicimos incluso un pequeño estudio con médicos de la zona y observamos cómo aumentaba la mortalidad después de las inundaciones. El impacto no termina cuando baja el agua.
La experiencia acumulada lleva al vecinalista a ampliar la definición de desastre hídrico. La pérdida material es apenas la consecuencia inmediata: detrás aparecen problemas sanitarios, contaminación, enfermedades y un impacto emocional especialmente severo entre los adultos mayores.
Los datos sobre mortalidad mencionados por Ortolani corresponden a un relevamiento vecinal realizado junto a médicos de la zona y no a una estadística epidemiológica oficial presentada en la entrevista. Su argumento, sin embargo, apunta a una dimensión habitualmente menos visible del impacto de las inundaciones.
Las obras que Empalme reclama
—¿Qué obras consideran necesarias para reducir el riesgo?
Rosario tiene que ponerse de pie. Desde el intendente, los concejales, las instituciones religiosas, las organizaciones, todos. Tenemos que decir: “Muchachos, faltan obras”.
Hay un canal que debería ir directamente hacia el arroyo Ludueña y está estudiado. Está también el conducto Grandoli, que iría por Grandoli, después por el costado de Circunvalación hasta llegar al Paraná.
La idea es interceptar el agua antes de que llegue al sector crítico.
—¿Existen alternativas además de una gran represa?
Sí. Después de la crecida de 2012 se volvieron a revisar alternativas y apareció la posibilidad de realizar cinco pequeñas represas.
Lo que nosotros planteamos es que hay alternativas estudiadas. No estamos arrancando de cero. Hace muchísimos años que se analiza la cuenca.
Ese es uno de los puntos centrales del reclamo: Ortolani sostiene que el problema no radica en la ausencia de diagnósticos, sino en la demora para transformar estudios acumulados durante décadas en obras concretas.
La vecinal pide intervenciones que permitan retener o derivar agua antes de que alcance los puntos más vulnerables de Rosario, en un contexto donde la expansión urbana modificó buena parte del territorio original de la cuenca.
Loteos, lagunas y la responsabilidad del Estado
—Los loteos que mencionás no podrían haberse realizado sin autorización estatal.
Claro. Hubo una anuencia permanente del Estado. Algunos incluso hablan de sociedad permanente.
Todos los intendentes de la zona tuvieron responsabilidad, por distintos motivos. Porque si loteás una laguna, generás un problema.
Si no la rellenaste, le dejaste el problema al municipio. Y si la rellenaste, el agua que antes quedaba contenida en esa pequeña cuenca va a buscar otro lugar aguas abajo.
—¿Eso significa estar en contra del desarrollo inmobiliario?
No. Uno no puede estar en contra del progreso. En el ecosistema también vivimos los seres humanos.
Pero tenemos que construir un hábitat que nos contenga a todos. No puede ser que porque yo vivo más arriba perjudique al que vive más abajo.
Y casualmente el que vive más abajo suele ser el más pobre. Por eso digo: no jodamos al que está abajo.
La crítica de Ortolani no está dirigida únicamente a los desarrolladores. Coloca también bajo discusión las decisiones políticas que permitieron urbanizar terrenos que anteriormente cumplían funciones de almacenamiento natural del agua.
Su planteo introduce, además, una dimensión social: los impactos hídricos no se distribuyen de manera uniforme. La topografía y las condiciones socioeconómicas pueden hacer que los sectores ubicados aguas abajo enfrenten mayores consecuencias.
El reclamo a Pullaro: “Desde diciembre pedimos la primera audiencia”
—¿Cómo es actualmente la relación con el Gobierno provincial?
Nosotros no queremos politizar el tema. En 40 años hablamos con todos los gobernadores: peronistas, radicales, socialistas, buenos, malos, regulares. Con todos tuvimos relación.
Hubo épocas en las que, mientras se hacían obras, hablábamos cada 15 días o una vez por mes.
El 11 de diciembre pedimos la primera audiencia con este gobernador, porque nosotros esto lo vemos y lo prevemos.
—¿Maximiliano Pullaro los recibió?
No. El gobernador no nos recibió. Hemos hablado con el ministro, que tuvo la deferencia de atendernos, pero con el gobernador no.
Con los gobernadores anteriores tuvimos relación. Nosotros no discutimos a la persona del funcionario, discutimos la gestión. Tenemos 40 años estudiando este problema junto con gente de Hidráulica y Obras Públicas.
Ortolani insiste en quitarle identidad partidaria al reclamo. La vecinal atravesó administraciones de distintos signos políticos y sostiene que su criterio fue siempre el mismo: acompañar al gobierno que ejecuta las obras y confrontar cuando entiende que las respuestas no llegan.
En ese marco, su crítica al actual gobierno provincial se concentra en dos cuestiones: la falta de contacto directo con el gobernador y, principalmente, la ausencia de avances concretos en las intervenciones que consideran prioritarias.
“No queremos preocupar a la gente, queremos que los que se tienen que ocupar se ocupen”
—¿Buscan alertar a la población ante la posibilidad de una nueva inundación?
No queremos generar preocupación en la gente. Queremos que los que se tienen que ocupar, se ocupen.
No queremos salir después de una inundación a buscar culpables. Lo estamos anticipando ahora.
Tenemos que bajarnos de la soberbia y escucharnos todos.
—¿Qué tendría que hacer el Gobierno para recuperar la confianza de la vecinal?
Que empiecen una obra. Que pongan una fecha.
Que nos digan: “Tal día arrancamos”. Y vamos a estar todos ahí, los vecinos, las escuelas, acompañando.
Pero hasta ahora no hay “bravo”. Hasta ahora no empezaron nada.
El mensaje intenta diferenciar advertencia de alarmismo. Empalme Graneros no afirma que una inundación sea inevitable ni puede anticipar cuándo podría ocurrir. Lo que sostiene es que la historia del barrio obliga a trabajar preventivamente antes de un episodio extremo.
La demanda es concreta: fechas, ejecución y seguimiento. Para Ortolani, la preparación ante una emergencia no puede sustituir las obras destinadas a reducir el riesgo.
“Hay carteles”, pero la vecinal reclama máquinas y obras
—¿Entonces considerás insuficiente lo realizado hasta ahora?
Sí. Nos dicen que se está estudiando, que se está trabajando. Pero están los carteles.
Nosotros queremos que empiecen. Pónganle fecha a una obra, arranquen por alguna.
El Estado siempre tiene otras prioridades, lo entendemos, pero estamos hablando de una emergencia. Incluso hubo fondos y asignaciones especiales.
—¿Qué opinión tenés de los planes de contingencia que se están preparando?
Nos invitaron a reuniones donde se habló, por ejemplo, de colocar pluviómetros en escuelas de la zona.
Pero la cuenca tiene 80.000 hectáreas. Necesitamos saber cuánto está lloviendo mucho más arriba y calcular cuánto tarda esa agua en llegar.
También se planteó utilizar un centro de salud como centro de operaciones y nosotros advertimos que ese mismo lugar puede quedar afectado por el agua. Hay que planificar con conocimiento territorial.
La crítica distingue entre gestionar una emergencia y prevenirla. Disponer de centros operativos, sistemas de medición y protocolos puede ser indispensable cuando el evento ya está en desarrollo, pero para Ortolani eso no reemplaza la infraestructura necesaria para disminuir previamente el riesgo.
El conocimiento vecinal aparece aquí como otro punto de conflicto. Quienes atravesaron sucesivas inundaciones reclaman participar en el diseño de los protocolos porque conocen qué lugares pueden quedar aislados y cómo se comporta el territorio cuando aumenta el nivel del agua.
La información como herramienta contra el pánico
—¿Qué aprendieron después de tantas inundaciones sobre el manejo de una emergencia?
Que lo más importante es la información a la gente.
Cuando alguien entra en pánico escucha cualquier cosa. Nosotros teníamos contactos en distintas comunas y sabíamos cuánto estaba lloviendo en cada lugar. Con esa información podíamos explicarle al vecino qué podía pasar y qué no.
Después de los 100 milímetros empezábamos a preocuparnos y organizábamos la defensa civil barrial. Estudiábamos qué hacer.
—¿Esa experiencia también explica por qué hoy cuestionan algunas respuestas oficiales?
Sí. Porque hemos vivido situaciones donde los sistemas oficiales de información terminaban siendo mucho más precarios de lo que parecían.
Y cuando vos tenés familias preocupadas, personas que llevan dos días sin dormir y vecinos preguntándote qué hacer, necesitás información seria y directa.
La experiencia histórica transformó a la vecinal en una suerte de centro informal de información y organización durante los momentos críticos. Ortolani recuerda esas situaciones con humor, pero detrás de las anécdotas aparece una demanda concreta: sistemas confiables de monitoreo y comunicación.
En una cuenca extensa, conocer dónde llueve, cuánto y cómo se desplaza esa masa de agua permite anticipar escenarios y evitar que los rumores multipliquen el temor.
El cruce en el Concejo: “Quería hacer una denuncia pública”
—Esta semana tuviste un fuerte intercambio durante una reunión en el Concejo Municipal. ¿Qué buscabas plantear?
Yo quería hacer una denuncia pública, porque los rosarinos no podemos mirar para otro lado. Este es un problema de todos.
No importa si alguien es socialista, peronista o radical. El que levante esta bandera y haga las obras, lo vamos a aplaudir. No somos sectarios.
La cuenca tiene 80.000 hectáreas. No podemos tratarla como si fueran tres cuadras y alcanzara con poner un pluviómetro en cada distrito.
—¿Sentiste que no estaban escuchando la dimensión del problema?
Sí. Se discutían cuestiones vinculadas con la emergencia y nosotros nos estábamos poniendo nerviosos porque el problema es mucho más grande.
Lo que estoy diciendo es que reaccionemos. No estamos hablando de un problema nuevo: esto está estudiado desde hace décadas.
No es tan difícil. Es ganas de hacerlo. Y lo peor es que no hay que empezar a estudiarlo ahora porque ya está estudiado.
El episodio en el Concejo visibilizó una tensión que viene de mucho antes. Para Ortolani, la discusión institucional está demasiado concentrada en cómo reaccionar ante un episodio extremo y no suficientemente enfocada en ejecutar las obras que podrían reducir sus consecuencias.
Su intervención buscó trasladar esa discusión fuera de los despachos y convertirla nuevamente en un asunto público de toda Rosario.
Una historia familiar atravesada por el barrio
—¿Por qué seguís sosteniendo personalmente este reclamo después de tantos años?
La primera casa que se puso en Empalme era de mi bisabuelo. Mi familia participó de la construcción del barrio, de la escuela, de la biblioteca, del club.
Uno recibe una carga de historia. La mayoría de las cosas que hicimos no las hicimos por nosotros.
Los viejos que peleaban contra las inundaciones sabían que quizás ellos no iban a ver terminadas las obras. Lo hacían para dejarles a sus hijos y a sus nietos un lugar donde pudieran vivir.
—¿Ese espíritu sigue vigente?
Sí. La verdadera herencia era terminar con las inundaciones.
Muchos adultos mayores participaban de todas las asambleas porque entendían que no tenían revancha. Si perdían todo, no tenían tiempo para volver a comprar un ropero o construir una habitación.
Por eso la prevención tiene que hacerse antes del problema. Es como la salud: tenemos que prever antes de tener la enfermedad.
La historia familiar de Ortolani se mezcla inevitablemente con la de Empalme Graneros. Su reclamo actual no puede separarse de una construcción vecinal que atravesó generaciones y que consiguió algunas de las obras que modificaron sustancialmente la relación del barrio con las inundaciones.
Pero precisamente por esa experiencia sostiene que las conquistas del pasado no permiten bajar la guardia. La cuenca cambió, se urbanizó, aceleró sus escurrimientos y enfrenta nuevas presiones.
“Cuando estamos juntos, pesamos más”
—¿Qué enseñanza dejó aquella organización vecinal?
Después de tantas inundaciones entendimos algo. Antes el cura hacía su comisión, la vecinal hacía la suya, los comerciantes otra y el club otra.
Hasta que dijimos: no podemos permitir que esto vuelva a pasar. Tenemos que juntarnos.
Los viejos entendieron que había que dar un salto: “Cuando estamos juntos, vamos a pesar más”.
—¿Ese criterio también debería trasladarse hoy a la política?
Sí. Yo quiero que se discuta. Que concejales, diputados, senadores y el gobernador se peleen si hace falta sobre si hay que hacer una represa, cinco o diez.
Pero que discutan para hacer.
Yo puedo hablar en contra de alguien justamente porque quiero que haga las cosas bien. No hay ningún cuchillo bajo el poncho. Nos podemos trenzar, discutir, pero después tenemos que hacer.
La advertencia final de Ortolani resume el espíritu de una entrevista atravesada por cuatro décadas de reclamos. No pretende que la problemática hídrica se convierta en una disputa partidaria, sino exactamente lo contrario: que sea asumida como una política de Estado.
Empalme Graneros ya conoce el costo de llegar tarde. Por eso, mientras los gobiernos hablan de protocolos, monitoreo y preparación ante posibles eventos climáticos, la vecinal vuelve a colocar una demanda mucho más básica sobre la mesa: que comiencen las obras pendientes y que tengan fechas concretas.
La frase que atraviesa su planteo es sencilla: no alcanza con estudiar, anunciar ni colocar carteles. Después de décadas de diagnósticos, para Ortolani llegó nuevamente el momento de ejecutar.


