Rosario ya no se horroriza igual: la violencia sigue, pero el relato cambió

La estrategia comunicacional sobre la seguridad volvió a quedar bajo discusión tras el crimen de un hombre de 82 años.

El asesinato de Roberto Ferrari, un jubilado de 82 años que quedó en medio de una balacera frente a un supermercado de zona oeste, debería haber conmocionado por completo a Rosario. Sin embargo, la noticia que dominó buena parte de la agenda mediática durante la mañana siguiente fue otra: la detención de dos hombres por el incendio del auto de un jugador de Newell’s. El contraste volvió a dejar expuesta una discusión cada vez más incómoda en la ciudad: cómo se comunican hoy los hechos violentos y cuál es el rol político detrás de esa construcción del relato.

Rosario atraviesa desde hace años una convivencia dramática con la violencia urbana, las balaceras y los homicidios. Pero algo empezó a cambiar en el último tiempo. No necesariamente en la cantidad de hechos —que siguen siendo alarmantes— sino en la manera en que se cuentan, se muestran y se jerarquizan públicamente.

El miércoles por la noche, un hombre de 82 años llamado Roberto Ferrari fue asesinado mientras estaba sentado frente a un supermercado chino de Sanguinetti al 5200, en barrio Triángulo Moderno.

La escena fue brutal. Un grupo de personas pasó caminando frente al comercio y abrió fuego contra el local dejando además una nota mafiosa vinculada a internos de la cárcel de Piñero. Ferrari, que estaba sentado sobre un cajón de cerveza en la puerta de su casa, quedó atrapado en una guerra que no era suya. Murió en el lugar.

Una escena que hace no tanto tiempo paralizaba a Rosario

Durante la gestión de Omar Perotti, cada balacera con víctimas inocentes generaba horas de cobertura, debates políticos, indignación social y presión mediática permanente sobre el gobierno provincial.

Rosario todavía recuerda con horror casos como el asesinato de una bailarina y su madre mientras esperaban el colectivo y quedaron en medio de una balacera. En aquel momento, la sensación social era la de una ciudad completamente atravesada por el miedo.

Hoy los hechos siguen ocurriendo. Pero el tratamiento mediático y político parece haber cambiado radicalmente.

Las balaceras se cuentan de a decenas por semana. Los homicidios se acumulan. Los mensajes mafiosos reaparecen. Y sin embargo, el eje de la agenda pública muchas veces termina desplazándose hacia otro lado.

La mañana siguiente y una casualidad demasiado perfecta

El jueves por la mañana, mientras Rosario todavía intentaba entender cómo un jubilado había sido asesinado frente a un supermercado por una disputa criminal ajena, la noticia que ocupó gran parte de la agenda fue otra: la detención de dos hombres acusados de haber incendiado meses atrás el auto del jugador de Newell’s Facundo Guch.

La información llegó acompañada de allanamientos, imágenes policiales, detalles de la investigación y un despliegue comunicacional inmediato.

El problema no es informar ese caso. La investigación existe y claramente debe conocerse.

La pregunta incómoda es otra: ¿cómo puede ser que la noticia dominante de la mañana no haya sido el asesinato de un jubilado inocente en una balacera mafiosa?

Y ahí es donde empieza a aparecer una discusión cada vez más evidente en Rosario: la administración política y comunicacional de la inseguridad.

El nuevo esquema comunicacional del pullarismo

Desde la llegada de Maximiliano Pullaro al gobierno provincial, la estrategia comunicacional en materia de seguridad cambió completamente respecto de la etapa anterior.

El oficialismo entendió rápidamente algo clave: la percepción social de la inseguridad no depende únicamente de los delitos que ocurren, sino también de cómo se narran públicamente.

Y ahí apareció un esquema muy aceitado entre anuncios policiales, difusión de allanamientos, exhibición permanente de detenidos, operativos filmados y comunicación diaria de resultados.

Mientras tanto, los homicidios, balaceras o hechos violentos muchas veces pasan a ocupar un segundo plano narrativo o aparecen diluidos dentro de una agenda saturada de otros temas policiales.

Del horror a la naturalización

El riesgo de ese mecanismo empieza a ser cada vez más evidente. Cuando una ciudad deja de horrorizarse frente a un jubilado asesinado por quedar en medio de una balacera mafiosa, algo profundo empieza a romperse socialmente. Y eso es justamente lo que muchos rosarinos comienzan a percibir.

No porque la violencia haya desaparecido. Sino porque lentamente se fue naturalizando. Los hechos se acumulan.
Las víctimas se multiplican. Pero la indignación pública ya no estalla con la misma intensidad que hace apenas dos o tres años.

La construcción de una sensación distinta

El gobierno provincial logró, al menos hasta ahora, modificar parte de la percepción social sobre la seguridad.

La presencia constante de operativos, conferencias, detenidos y anuncios genera una sensación de acción permanente. Y políticamente eso le dio resultados.

Sin embargo, la realidad sigue mostrando escenas extremadamente graves.

Un jubilado asesinado en la puerta de un supermercado. Vecinos que aseguran que cualquiera puede ser alcanzado por una balacera. Mensajes mafiosos abandonados en plena vía pública. Y familias enteras viviendo con miedo.

Los rosarinos empiezan a despertar

Quizás por eso empieza a crecer lentamente otra sensación en parte de la sociedad rosarina.

La de que detrás del nuevo relato sobre la seguridad todavía siguen ocurriendo hechos que deberían conmocionar mucho más de lo que conmocionan.

Porque más allá de la eficacia comunicacional, de los anuncios policiales o de las detenciones que rápidamente ocupan titulares, hay una pregunta que vuelve una y otra vez: ¿cuántas balaceras y cuántos muertos más necesita Rosario para volver a sentir el mismo horror que sentía hace apenas unos años?.

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