¿Qué es el progreso? Una mirada desde Carl Schmitt

Es posible, recién hace algunos años, preguntarnos si el estado actual de las cosas, respecto al avance técnico, es algo que nos beneficia o nos perjudica. Sería traicionar nuestros sentidos si dijéramos que la tecnología ha cumplido el objetivo de venir a solucionar todos los problemas de la humanidad. Sin embargo, concluir que no ha sido de gran ayuda en diversos aspectos y disciplinas sería sesgado. De todas maneras, desde el s. XVII, con la revolución científica de Galileo, hasta el siglo pasado, era imposible desanudar las palabras “progreso” y “técnica”. Hoy, un par de décadas dentro del s. XXI, empezamos a intuir que quizá podemos pensarlas por separado.

Al mismo tiempo, Carl Schmitt (1888-1985), jurista alemán mundialmente conocido por ser un ferviente crítico del liberalismo, expresó ya a mediados del s. XX las posibles consecuencias del avance técnico e intentó separarlo de la palabra “progreso”. Para él, el progreso técnico y el progreso moral no caminan juntos.

Para los griegos antiguos, el progreso tiene que ver con la mejora espiritual e intelectual y el autoconocimiento, buscando una verdad y un bien absolutos en lugar de la transformación material o tecnológica. Es el paso de lo peor a lo mejor, a lo bello.

Racionalismo y Catolicismo. Inmanencia y Trascendencia

Para Schmitt (1932), el giro espiritual que le parece “más intenso y cargado de consecuencias en toda la historia europea” es “el paso que se produjo en el siglo XVII de la teología cristiana tradicional al sistema de una cientificidad ‘natural’”. En este sentido, a lo que Schmitt se refiere es al pasaje del derecho divino, en el que Dios es quien legitima el poder, a la ciencia racional del Estado, con Hobbes como exponente y la técnica como cara del progreso y lo que permitiría el fin de los conflictos.

La Edad Media fue oscurecida por tener como prioridad fines espirituales trascendentales, lo cual, desde la mirada técnica, no significa progreso alguno. La filosofía racional-positivista es una filosofía de lo inmanente. El problema de la inmanencia es que no representa nada, es ella en sí misma. Por el contrario, la Religión, el poder por excelencia en la Edad Media, es símbolo y representación. Según Schmitt, el pensamiento económico sólo conoce un tipo de forma, esto es, la precisión técnica, cosa que está lo más lejos posible de la idea de lo representativo. Lo económico, en su unión con lo técnico, exige una presencia real de las cosas. Aquí volvemos a encontrar esta primacía de lo inmanente en la técnica y su oposición con la búsqueda de trascendencia de la Iglesia. “De la inmanencia de lo técnico no sale una decisión humana ni espiritual”, dice Schmitt.

La fe en la técnica

Hablamos de “adoración” de la técnica porque parece ser la religión actual por excelencia. La fe en la técnica descansa en la idea de que ella viene a terminar de una vez por todas con los conflictos entre los seres humanos. Ahora bien, para Schmitt, la técnica es neutral, no porque produzca neutralidad, sino porque puede ser usada para cualquier fin. Schmitt fue testigo inmejorable de las atrocidades cometidas en ambas guerras mundiales, que fueron permitidas por los avances de la técnica. De esta manera, vemos como la técnica, que venía a terminar con los conflictos y producir “la unidad del mundo”, es utilizada para cometer los actos más horrendos que podamos imaginar. Para Schmitt (1950), la unidad técnica del mundo hace también posible la muerte técnica de la humanidad, y esta muerte sería el punto culminante de la Historia universal. Hoy, en medio de tanteos militares nucleares entre distintos países, no estamos lejos de pensar que ella es la causante del miedo del que los ciudadanos del mundo son presa, miedo a que estos países no lleguen a un acuerdo y desplieguen sus misiles de última generación. Asimismo, fue Stephen Hawking quien, en 2014, mencionó que, para él, la Inteligencia Artificial podrá acabar con la humanidad. Por lo tanto, ¿hasta dónde se justifica la devoción religiosa en la técnica y el avance tecnológico, si sabemos que puede posibilitar el fin de la humanidad?

Dejando de lado la cuestión apocalíptica, podemos también pensar que el avance técnico ha contribuido a viciar el progreso moral humano. En el s. XXI, que Schmitt no llegó a conocer, es el capital económico y financiero el que se ha adueñado de las empresas que se encargan del avance técnico. Incluso, esas empresas tienen injerencia en gobiernos de distintos países. Es una clara muestra de la devoción acrítica hacia la técnica en pos de ventajas militares o tecnológicas. De esta manera, la pregunta por la finalidad de la técnica, los caminos que sigue su desarrollo y los problemas que busca resolver, han quedado exclusivamente guiados por los fines económicos y políticos. Además, es la sociedad misma la que se rinde ante los espectaculares resultados de su avance, sin tener en cuenta los efectos secundarios del mismo y sin detenerse a pensar si éste le permite tener una mejor o peor calidad de vida.

La técnica indudablemente ha mudado de piel. Pasó de ser lo que permitió al ser humano dominar la naturaleza y conquistar los distintos espacios (la tierra, el mar, el cielo, el espacio) a ser uno con el ser humano. Pasó de servir al hombre a ser el hombre quien se rinde a sus pies. Y además, la tecnología es vista de buena manera por la sociedad. Si algo es digitalizado, significa un “avance”; si está en la nube, es “mucho más fácil”. Pero si nos preguntamos dos veces si eso es realmente así, encontramos muchos ejemplos en nuestra vida cotidiana en que la tecnología nos dificulta ciertas actividades que resultan en estrés diario y en control constante. Se ha desarrollado una dependencia de lo digital que ha convertido al ser humano en uno solo con la técnica; parecería ser que el desarrollo de uno implica el desarrollo del otro. No creo que deba ser así.

Implicaciones políticas y sociales de la técnica

La técnica no tiene implicaciones políticas ni sociales. Para Schmitt (1932), la técnica puede servir a la libertad y a la opresión: de sus principios y puntos de vista puramente técnicos no nacen ni preguntas ni respuestas políticas. Es decir, la técnica no es “amiga” de lo humano, debiera ser sólo una herramienta. La búsqueda esencial de ella, por ejemplo, es la supresión de todo error, algo que es inherente al ser humano. ¿Cuál es el problema con el error? ¿Cuál es el problema con equivocarnos? La técnica reniega de lo humano pero el humano adora la técnica, quiere ser cada vez más parecido a una máquina: productivo y sin errores. El error es el motor del progreso humano y la supresión del mismo es la supresión de la humanidad.

Por último, está claro que la técnica no es capaz de resolver problemas sociales. Hoy estamos atravesando un momento de crisis en las relaciones humanas, y nos vemos faltos de respuesta para solucionar esos problemas. ¿Podemos pensar que hechos como el quebrantamiento y deshumanización de los lazos sociales o la creciente individualización están relacionados con el inexorable avance de la técnica? Por lo pronto, sabemos que la respuesta a esos problemas no está en la técnica, y es quizá un buen momento para hacer introspección y buscar la solución en nuestra humanidad. La técnica desplaza a los fines espirituales del hombre, los juzga innecesarios e inútiles, los deja al margen. ¿No podemos encontrar una causa de los problemas sociales, existenciales, de la humanidad en el relegamiento de sus problemas espirituales a un segundo plano? Retomar el sendero del trabajo espiritual para el ser humano es quizá una de las vías de progreso antagónicas a la técnica, de la que ella no puede ni quiere saber nada. Quizá en la improductividad económica, al modo de una reflexión interna, de una discusión realmente política, o de la reivindicación de lo cultural, encontremos una luz de verdadero progreso humano.

Por eso, debemos preguntarnos: el momento actual, avanzado, de la técnica, ¿nos remite a algo más parecido al cénit o a un escollo en la historia de la humanidad?

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