Ver para creer: vivir a través de una pantalla

Camila tiene 5 años y vive en Rosario, hoy sus padres la llevaron a jugar a la Isla de los Inventos. Como a ella le encanta ir allí, está muy emocionada cuando pasa el portón de reja negro y se adentra en las vías y los andenes. Quiere pasar por todas las estaciones al mismo tiempo, no perderse de nada. Mientras tanto, sus padres intentan seguirle el paso, sin mucho éxito.

Jazmín, su madre, accedió a ir a regañadientes porque tiene que trabajar, pero como debe hacerlo a través de su celular, puede realizarlo en la Isla. Martín, su padre, aceptó encargarse de mirar y acompañar a Camila en los distintos espacios en los que ella elija jugar.

Camila elige ir primero al Mundo de Papel, donde realizará grabados con un taco de madera, confeccionará hojas de papel reciclado, pintará un papel con una técnica especial y un diseño psicodélico y empleará la técnica de “dripping” con jeringas para pintar unas figuras de cartón. A su lado, su padre la acompaña a realizar todas esas actividades mientras su madre se queda fuera del espacio, en uno de los bancos del andén, atendiendo una llamada de trabajo.

Cada vez que Camila levanta la mirada para corroborar que su papá está al lado suyo, presente, se encuentra con un dispositivo y a su padre detrás de él, mirando lo que ella hace a través de la pantalla: “Sonreí Camilita, que te saco una foto”. Camila ya perdió la cuenta de cuántas fotos van, en todos los espacios cree tener por lo menos cinco fotos y tres videos; no entiende para qué tantos, porque, además, ya debe ser como la sexta vez que van a la Isla de los Inventos.

Al salir del Mundo de Papel, Camila y su padre se acercan a su madre, que tiene la vista puesta en el celular. “¡Mirá lo que hice mamá!” le dice Camila. Jazmín levanta la vista y felicita a su hija por el grabado que lleva bajo el brazo. “¿Qué más hiciste?” le pregunta. Antes de que Camila atine a comenzar su relato, Martín le acerca su celular a Jazmín y le dice a Camila: “¡Mostrale a tu mamá lo que hiciste! Te saqué muchas fotos”. Entonces, mientras Camila intenta armar un relato en orden de su experiencia, Jazmín desliza para uno y otro lado la pantalla del celular, mirando las fotos y videos que Martín había grabado. Jazmín, contenta, le comenta su marido: “¡Están lindas las fotos! Subí algunas y etiquetame, que las reposteo, que vean las chicas que no quisieron venir con sus peques hoy cómo nos divertimos”.

En ese momento, Camila cuenta que jugando se sintió mal: no le gustó como le habló el padre de otro chico que estaba haciendo la misma actividad que ella, e incluso señala el momento en uno de los videos que grabó su padre. Al escuchar eso, su madre le pregunta por el suceso, mirando fijamente a Martín. Éste se agacha y escucha, junto a Jazmín, lo que les cuenta su hija. Entonces, Jazmín le pregunta a él: “¿Y dónde estabas vos, que no sabías nada de esto?”, a lo que él le responde “¡Estaba ahí! Filmando el video…”. Entonces Camila, que no tiene celular y sólo lo utiliza cuando su padre se lo pasa para llamar a su abuela, levanta la voz: “Estabas y no estabas papá, me acompañabas a través del telefonito ese, ¡que no sé para qué lo necesitas! Yo juego sin teléfono y me súper divierto. La coordinadora de los grabados te preguntó si querías hacer uno y le dijiste que no porque querías grabar como hacía uno yo…¡Si ya tenés mil videos de mí haciendo grabados! Y vos mamá acá hablando con la gente del trabajo…¡Todos los días hablás con ellos! ¿No podés dejarlos tranquilos un rato y venir a jugar conmigo?”.

Este relato lo inventé yo, pero no está muy alejado de la realidad. Como auxiliador pedagógico en la Isla de los Inventos, me encuentro frecuentemente con padres que, mientras el niño juega, están con el celular ya sea grabando, sacando fotos o resolviendo otras cuestiones, mientras los niños muchas veces reclaman atención o se cansan de pedirla.

A raíz de esto, con lo que resulta chocante encontrarse, me pregunto ¿qué tanto hay que tomar registro de lo que hacemos? ¿por qué y para qué? Es entendible que quieras tomar una foto del momento, pero la cosa generalmente no queda ahí. Sé que no soy el primero en traer el tema a debate, pero encontrarme con esto cara a cara me llevó a escribir mi opinión al respecto.

Históricamente se toma registro de momentos que uno siente especiales, ya sean familiares, personales e incluso laborales. Lo que pasa hoy en día es que tenemos rollo infinito para tomar fotos con nuestra nueva extremidad, el smartphone. Esto hace que sea gratuito y tan fácil que no pone límites para el registro de lo que hacemos. Pero, ¿qué tan presentes estamos si vivimos nuestra vida a través de un lente, o lo que es peor, a través de una pantalla?

Esto se ve en varios momentos: recitales, plazas, graduaciones, cumpleaños, navidades, entre otros eventos. ¿Cuál es el problema con que no quede registro medido en megabytes de algún momento? Si estamos presentes, sin un smartphone que medie, el registro queda igual en nuestra memoria e incluso contiene el sentimiento adosado al momento y la característica fragmentaria y confusa que los recuerdos tienen.

Otra cuestión es la edad de las personas que más se inclinan por registrar todo exhaustivamente. Quizá es por los espacios que frecuento, pero he visto más a personas de entre 30 y 40 años estar hipnotizados por el celular que a personas de menos de 30 años. Quizá la cuestión, a grandes rasgos, reside en sentir que la vida se nos está yendo, y que grabándola la mantenemos con nosotros por más tiempo. El problema es no darse cuenta de que justamente el grabar todo hace que la vida te pase frente tuyo y no la mires cara a cara, sino a través de una pantalla, mientras te fijas que esté centrado, que haya buena luz y que mantengas un buen pulso.

También las redes hacen que parezca que, si no subo algo del lugar en el que estuve, realmente no estuve. Pero, ¿no es contradictorio esto? Es decir, vale más que el otro sancione que yo estuve a reducirme simplemente a haber estado y contar qué tal me fue. ¿Asistimos a lugares para disfrute propio o para mostrarles a los demás que estuve? Si consideramos la acción de grabar todo y compartirlo, podemos inclinarnos más por la segunda razón, porque si fuera por la primera no sería necesario registrar el total de las cosas que hacemos. A menos que, quizá, sintamos que la vida se nos está pasando.

En personas de entre 18 y 30 años, hay otra relación con el registro exhaustivo. Si bien se sacan fotos, se graban videos y se comparten momentos en redes, se lo hace con menor intensidad. Se prioriza una foto estética, que comunique por sí misma el lugar en el que se está o el evento al que se asiste. Hay una búsqueda de compartir la mejor foto del momento a que el momento completo. Eso le dice al seguidor de Instagram menos sobre tu sensación, pero permite al usuario mayor presencia a la hora de estar en un lugar.

Para concluir, creo que hace falta discutir esto en más profundidad. Si yo me pierdo vivir a pleno un recital porque elijo grabarlo completo, es una lástima, pero no afecta a nadie más. Ahora, si como padre buscás sacar mil fotos para mantener este momento de tu hijo chiquito lo máximo posible sin perderte de nada, lamento informarte que te lo estás perdiendo, justamente por querer registrar todo. Y ahí sí afecta al niño, a su salud mental, porque se pierde de jugar junto a un padre o madre completamente presente en el momento y dificulta el encuentro humano en su mayor expresión.

La búsqueda no es criticar a nadie, sino traer la pregunta a colación. Reflexionar sobre el tema. Porque esto también hace a la sociedad en la que vivimos.

Más notas de este autor

Camila tiene 5 años y vive en Rosario, hoy sus padres la llevaron a jugar a la Isla de los

Felipe Pognante

El pasado 21 de febrero, Sam Altman, CEO de OpenAI, empresa que desarrolla la IA conocida como “ChatGPT”, dijo en

Felipe Pognante

Es posible, recién hace algunos años, preguntarnos si el estado actual de las cosas, respecto al avance técnico, es algo

Felipe Pognante

Históricamente, el lugar de la juventud en la discusión política de cualquier comunidad es fundamental. De allí surge el cuestionamiento

Felipe Pognante

“El viento se llevó lo que” es un filme argentino de Alejandro Agresti estrenado en 1999 que nos invita a

Felipe Pognante

Este primer artículo, que inaugura este proyecto de revista que se ha hecho realidad, tiene como fin contar un poco

Felipe Pognante