Sam Altman y el antihumanismo

El pasado 21 de febrero, Sam Altman, CEO de OpenAI, empresa que desarrolla la IA conocida como “ChatGPT”, dijo en un evento: “Las personas hablan de cuánta energía cuesta entrenar un modelo de IA, pero también toma un montón de energía entrenar a un humano. Toma como 20 años de vida y toda la comida que consume esa persona durante ese tiempo hasta que sea inteligente”.

Ante tales palabras, muchos de los presentes asentían mientras escuchaban lo que decía Altman. Ahora, si uno analiza la escena, puede darse cuenta de que está todo dado vuelta. A mi manera de verlo, Sam Altman considera que 20 años de vida y la comida que permite la vida de un ser humano son tan sólo un “gastadero” de energía, como si la vida de una persona se redujera a comer y estudiar. Sin embargo, los seres humanos presentes en el evento donde habló Altman no se escandalizan ni un poco, escuchan inmutables y asienten al oír que es preferible gastar la energía en entrenar una IA a que gastarla en desarrollar un ser humano. Hay muchas cosas que están mal en esto.

Primero, ¿no es el sentido de toda la existencia y la historia de la humanidad el desarrollo del ser humano? ¿De qué está hecha la historia sino de los conflictos que suscita la pregunta por el cómo vivimos y nos desarrollamos? ¿Qué queda de la humanidad si gastamos la energía natural del mundo en entrenar IAs y no en desarrollar un ser humano?

Segundo, el problema no es que Sam Altman diga esto, el problema es que este tipo de “ser humano” creado a base de código y poco amor en Sillicon Valley, que tiene más aprecio por una máquina que por los humanos, tiene el dinero y el poder para desarrollar IA sin restricciones y limitaciones, ¿Por qué? Porque es muy útil para algunas cosas, porque hace más eficiente algunos procesos. Y para el capitalismo eso es crucial. Pero, ¿estamos midiendo las consecuencias actuales y futuras? ¿Dónde quedamos aquellos que nos relacionamos con seres humanos todos los días en vez de con pantallas y códigos?

La técnica no es neutral, decía Carl Schmitt, en la primera mitad del siglo XX. El progreso técnico no camina de la mano del progreso moral, humano. La técnica no nos hace mejores. Y en el momento en que apreciamos más acercarnos a ese ideal distópico de naves espaciales y robots, la humanidad queda más relegada. Literalmente, el entrenamiento de modelos de IA está consumiendo recursos de la Tierra que deberían consumir animales y humanos, habitantes del planeta. Milagros Miceli, socióloga e ingeniera en informática argentina reconocida por la revista TIME, dijo en una entrevista en Urbana Play: Estas tecnologías no son autónomas ni neutrales, hay una clara dirección ideológica”.

¿Nadie se cuestiona que haya personas sin acceso a servicios básicos como agua y luz, mientras estas empresas consumen una cantidad exagerada de energía como si fuera inagotable?

A febrero de 2.026, El 84% de los habitantes del planeta (6.8 billones) nunca utilizó IA, el 15,7% (1.3 billones) utiliza la función gratis de IA, el 0,3% (entre 15 y 25 millones) pagan 20 dólares para las funciones pagas de IA y el 0,04% (entre 2 y 5 millones) utiliza modelos de IA para código. Es decir, menos de un quinto de la población utilizó alguna vez IA y si reuniéramos a los que usan las funciones avanzadas de IA podríamos circunscribirlos a la ciudad de Nueva Delhi en India. Entonces, imagínense si se votara en todo el mundo cómo utilizar la energía y los recursos que nos brinda el planeta, ¿cómo saldría esa votación?

El tecnofeudalismo ya está acá. Según Nerea Seijas (El Orden Mundial, 2024), el tecnofeudalismo es una teoría que expone un sistema postcapitalista dividido como la sociedad feudal de la Edad Media. Llevado a la actualidad, los señores feudales, que en el Medievo eran propietarios de las tierras, ahora son los dueños de las grandes empresas tecnológicas. Del mismo modo, para ella, los siervos, que antiguamente trabajaban las tierras a cambio de protección, ahora son los usuarios que ofrecen sus datos a cambio del acceso a las plataformas. Esta jerarquía crea una relación de dependencia en la que los señores feudales, como en el Medievo, ejercen un poder económico, político y social. Los CEOs de empresas tecnológicas, a los que nadie eligió para estar ahí y tener el poder que tienen, pueden hacer uso de los recursos del planeta sin restricciones, e incluso pueden decir cosas como las que dice Altman, sin consecuencias y con aplausos.

Lo peor de todo es que este tipo de “CEOs” como Sam Altman, Mark Zuckerberg, Elon Musk, entre otros, tienen ese discurso antihumanista por el que pocos se escandalizan. Si los propios humanos cuestionan “lo que cuesta” el desarrollo de la humanidad, ¿qué futuro queda por delante? Mientras ellos sueñan con un Olimpo de código, robots e IA, ¿qué posibilidades tienen nuestros sueños? ¿No son ellos traidores a la especie?

La búsqueda no es defenestrar a la IA como tecnología, sino cuestionar la libertad y el poder de algunas personas sólo por ser pioneros en un área tecnológica. La IA puede beneficiarnos, pero también perjudicarnos. Debemos hacer uso de ella siendo conscientes de las consecuencias de su uso, no sólo individuales sino también mundiales. Es tarea de la población del planeta y de los gobiernos de turno el poner a la humanidad primero y relegar a estos traidores a terapia para que traten su odio al prójimo.

El análisis que brinda este artículo se queda corto respecto a todo lo que se podría analizar y la bibliografía que se podría consultar. Pero el objetivo de éste y los demás artículos de la revista es plantear la pregunta, cuestionar lo que parece pasar desapercibido para muchos, y así despertar la crítica y nutrir las discusiones.

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