Corrían los primeros años del nuevo milenio. La crisis económica golpeaba de lleno a una amplia franja de la población argentina; los medios de comunicación exponían durante horas las cifras de desocupación, pobreza y desnutrición. Hablaban de un supuesto «riesgo país» que nos tenía disputando la punta de la miseria con Nigeria. Era una sociedad consternada y desorganizada, donde los aeropuertos multiplicaban sus vuelos para emigrantes que huían en busca de un futuro mejor.
Una Argentina que daba vergüenza, la patria saqueada por años de «pan y circo» neoliberal. Un país donde su expresión cultural por excelencia —la única alegría que el pueblo podía reclamar— se volvía amarga cuando la selección hacía las maletas antes de tiempo, eliminada en la primera ronda del Mundial Corea-Japón 2002.
Una de tantas familias golpeadas por la crisis era la de nuestro protagonista: Roberto Márquez, «Tito» para sus amigos. Él venía de una estirpe de vendedores ambulantes a los que nunca les sobraba nada; gente considerada —por quienes monopolizan el pensamiento— dueña de una «pobreza digna». Tito había tenido una infancia casi perfecta, pero esta vez la debacle que azotaba al país también lo alcanzaba a él y a los suyos.
La historia transcurre en los días previos a su cumpleaños. Por aquel entonces, su madre no encontraba la manera de explicarle que quizás no podría comprarle un regalo. El niño comenzaba a intuir la situación y, resignado, imaginaba la cara de su madre pidiéndole perdón, diciéndole que esta vez no habría nada y que se conformara con que sus amigos vinieran a comer pizzas a su casa.
Un alimento casero que, por cierto, ella preparaba con esa harina amarillenta y espantosa que llegaba en la caja que cada mes entregaba la Provincia. Allí, un jefe de familia debía esperar horas para recibir una mísera cantidad de productos: arroz, fideos, aceite, azúcar y una yerba que hacía doler el estómago, entre otros bienes de baja calidad y dudosa procedencia.
En su mente ya podía imaginar los ojos vidriosos de su madre:
—Tenés que entender, Tito. Mamá está sin trabajo. No puedo comprarte nada este año, perdoname.
Ella siempre llegaba al borde del llanto cuando no podía cubrir las necesidades de su hasta entonces terco y malacostumbrado hijo. A él no solo lo angustiaba la desesperación de su madre, sino que también sentía la necesidad de inventar una mentira para contestar las impiadosas preguntas de sus amigos: «¿Qué te regalaron? ¿Te compraron la PlayStation?». Preguntas de mierda, si las hay.
La tarde anterior a su cumpleaños estaba practicando en el club, haciendo lo que más amaba: jugar al fútbol, esa actividad que nos permite olvidar, por unas horas, cualquier pesadumbre. En un momento dado, vio pasar por una de las calles linderas a su abuela y a su madre con unos bolsos y un carrito rojo; aquel objeto que, cada vez que lo veía, le daba un golpe de realidad. Lo llamaba «el changuito de la miseria».
Venían del «trueque». ¿Recuerdan lo que era? El Club del Trueque fue un lugar donde la gente intercambiaba alimentos, ropa o lo que fuera. Si no se podía realizar un cambio mano a mano, se utilizaban los «créditos», una especie de moneda paralela.
Lo que más lamentaba Tito no era solo la vergüenza de ver a su familia hundida, caminando bajo el sol abrasador de un febrero que quemaba más que otros veranos. Su dolor provenía de que, tras varias charlas acaloradas, habían decidido llevar sus juguetes al trueque. Esos bienes permitirían canjear una mayor cantidad de comida. Quizás no terminaba de asimilar que los niños que los recibirían tal vez nunca habían tenido uno.
Esa idea lo hería profundamente. Le parecía una locura desprenderse de sus cosas; no por capricho, sino porque sentía que con cada autito, soldadito o muñeco se le escapaba un trozo de su historia. ¿Cómo desprenderse de semejante tesoro?
A pesar del dolor, tuvo que ceder; primero había que comer. Día tras día veía cómo una bolsa de soldaditos salía hacia la «batalla del trueque». Esos minireclutas a los que les había dedicado años de niñez, tirado de panza en el suelo recién encerado, donde cientos de hombres de plástico verde emprendían cruzadas para derrotar al maligno ejército «gris», que amenazaba con apoderarse del living. Más de una vez su abuela, al regar las plantas, encontraba a algún soldado camuflado entre las hojas.
Por eso, cuando Roberto levantó la cabeza y vio pasar a su madre y a su abuela, actuó con astucia antes de que sus compañeros las reconocieran. Agarró la pelota y la pateó lo más alto posible para llamar la atención de todos:
—¡Cuando caiga, caño cobra o se paga una coca!
Logró que el grupo se centrara en esperar el descenso del balón. Se vería quién sería el sufrido muchacho que soportaría los golpes o, para evitar la paliza, desembolsaría los cinco pesos de la fianza. Al terminar la práctica, luego de que «el Chino» (el perdedor) pagara la gaseosa, Tito volvió a casa satisfecho: nadie descubrió a su familia y él salió ileso del temible juego. De haber recibido un caño, ¿de dónde iba a sacar el dinero para pagar?
Al llegar a su hogar, tras ayudar a ordenar lo conseguido en el intercambio y mientras comía esas rosquitas grasientas que merendaba con mate cocido, su madre se le acercó. Confirmó lo que él ya sabía: no había plata, no habría regalo.
A Tito lo recorrió esa sensación de impotencia que surge cuando un problema no tiene solución y lo único que queda es hacerse fuerte. Lecciones que la vida da sin previo aviso, especialmente a una edad en la que solo se necesitan abrazos.
No había un peso. Quizás en otra oportunidad habría intentado negociar, sugiriendo que le compraran algo ahora y nada para el Día del Niño. Eran esas utopías infantiles de quien aún no comprende cómo funciona el mundo adulto.
Después de la charla, decidió irse a acostar sin cenar. Sobre la mesa quedó un pedazo de pan casero que habían intercambiado por un puñado de bolitas; por suerte eran de las «japonesas», esas que nadie quería. Durante la noche no pudo pegar un ojo. Lloraba pensando por qué le tocaba esto a él, que era un «niño bueno» y nunca había tenido un aplazo. Recordaba a su abuela diciendo orgullosa que se le desprendían los botones del saco cada vez que la maestra hablaba bien de él.
«¿No es que Dios ayuda a los buenos?», pensaba. «Mi mamá está todo el día en la iglesia. ¿Cómo puede ser que se haya olvidado de ella?». Luego de cuestionar a Dios, fue el turno de su padre, quien los había abandonado durante el embarazo. Lo insultó en silencio y juró vengarse algún día.
Buscando una salida, ideó la mentira que usaría con sus amigos. A su cabeza venia aquella exitosa excusa del año 2000, cuando le regalaron un cachorro porque claramente no había dinero para otra cosa: «¿Para qué querés ropa o un juguete? Yo prefiero un perro; te dura una banda de años y te da cariño», decía, con gestos de hombre grande. Finalmente, se durmió.
El día de su cumpleaños, su madre lo despertó con un beso y un abrazo de esos que nadie puede igualar. Lo más parecido a ese gesto eran los que él le daba cuando, con la oreja en el piso al estilo indio, detectaba el roce de las ruedas de la bicicleta contra los escalones del monoblock; entonces salía a interceptarla de un salto y se colgaba de su cintura —como un perro de cacheo— buscando paquetes de figuritas del Mundial 98 en los bolsillos.
Tras el deseo de «feliz cumpleaños», escuchó:
—¡Vamos, levantate, que no vamos a llegar para comprarte el regalo!
El pibe se despegó de la cama como un resorte. Se lavó la cara a las apuradas y se sentó a la mesa para terminar el pan de la noche anterior; cada bocado le costaba por la ansiedad que le cerraba el estómago. Rápidamente, sacaron las bicicletas y partieron hacia un destino incierto.
—Primero vamos a un lugar donde tengo que buscar una plata que me deben y después vamos, ¿querés? —dijo ella mientras pedaleaban bajo un sol que ya empezaba a picar.
Él asintió con la cabeza, dándole a los pedales con fuerza. Estaba dispuesto a pedalear hasta el centro de la ciudad o cruzar el puente a Victoria si era necesario. Al llegar a la zona de Alberdi, se detuvieron ante una casa de dos pisos, de esas que parecen de otro mundo, con jardín, garaje y una pileta que brillaba a través de las rejas. Una mujer rubia, salió a recibirlos. Tras saludar a su madre con una amabilidad distante, le depositó unos billetes en la mano.
Tito se quedó apoyado en el cordón, con el pedal trabado para no caerse. No quería mirar, pero miraba. Le dolía que su madre trabajara limpiando casas de gente que prefería el gimnasio antes que agarrar un trapo de piso. Le quemaba el pecho verla ahí, recibiendo el pago por una «changa» que ella siempre intentaba ocultarle para no lastimarle el orgullo.
En ese silencio de bicicletas y veredas ajenas, se preguntaba «¿Por qué la gente de plata es «linda» y rubia, y los pobres somos morochitos y desarreglados?» Años después lo descubriría.
—Ahora sí, vamos a buscar tu regalo —anunció su mamá, guardándose la plata en el bolsillo con un gesto de alivio—. No preguntes nada, seguime.
Tito recuperó el aliento y la esperanza. Al cruzar el primer semáforo, sus ojos se clavaron en una casa de electrodomésticos. El corazón le dio un vuelco. «Lo logró», pensó. Ya se veía conectando la PlayStation al televisor Goldstar de 20 pulgadas, escuchando la música del inicio del juego. Esperaba el «llegamos, bajate», pero las ruedas de su madre siguieron girando, indiferentes a la vidriera llena de pósteres del Winning Eleven.
Poco después, pasaron frente a una librería y ahí la sensación fue otra. ¿Un regalo para la escuela? ¿Una mochila nueva, una cartuchera de dos pisos, lápices o pinturitas? Autenticos elementos de tortura que a finales de febrero llegaban a sus manos. Cumplir años cerca del inicio de clases hace que la gente pierda imaginación. Regalar un set de 36 fibras que no escriben debería ser considerado un delito de lesa humanidad. Por suerte, también pasaron de largo.
Las ilusiones empezaron a desmoronarse. «Seguro es una remera o un pantalón en alguna tienda donde le dan crédito por ser conocida», concluyó con una resignación amarga. El brillo en su cara se apagó; la idea de elegir su propio regalo se había esfumado entre cuadra y cuadra.
Cuando se acercaban a una pequeña tienda de ropa, Tito intentó subir a la vereda por pura inercia.
—¿A dónde vas? —le gritó su madre desde la calle—. No vamos ahí. Si preferís ropa, no hay problema, pero yo creo que lo que vamos a comprar te va a gustar más.
Regresó al asfalto al instante. El viaje, de repente, se ponía interesante otra vez. Dejaron atrás los locales comerciales y enfilaron hacia una curva muy conocida de la ciudad. Frenaron en diagonal a una construcción inmensa a la que él siempre miraba hipnotizado desde la ventanilla del 153, soñando con saber qué se sentía estar ahí adentro.
De chico no había podido ir por falta de compañía, y ahora no tenía dinero. Antes de que el semáforo cambiara a verde, pensó en pasar lo más lento posible para admirar el lugar. Sabía que a su madre no le gustaba ese sitio; decía que allí se juntaba «lo peor» y lo comparaba con el coliseo romano.
Ese día había cientos de personas merodeando, vestidas con el azul y amarillo a bastones verticales que él tanto amaba. El ambiente era perfecto para quedarse observando, deseando ser uno de esos sujetos.
Retomaron su marcha con el cambio de señal, pero para su sorpresa, fue su mamá quien decidió bajar la velocidad y encarar hacia la vereda, justo frente a las boleterías.
—Vení, ¿a dónde vas? —dijo ella, haciendo el gesto de amuchar los dedos—. Quedate acá cuidando las bicis que yo voy y vengo. Si tardo, atalas en esa columna —señalando una que estaba al lado de un puesto donde vendían camisetas y banderas.
Se quedó ahí, petrificado, apretando el manubrio de la bicicleta mientras la veía alejarse hacia la marea de gente. El mundo pareció detenerse.
¿Cómo sabía ella que esa noche Central jugaba contra los peruanos por la Copa Libertadores? Justo ella, que odiaba el fútbol, que siempre se quejaba de sus charlas constantes sobre el club, de que Central esto y que Central lo otro.
En esa fotografía de esquina y cemento caliente, lo invadió una vergüenza asfixiante que le apretó el pecho. Se sintió pequeño, miserable. Revivió con una puntada de dolor la tarde anterior: el momento exacto en que había pateado la pelota hacia el cielo para que sus amigos no la vieran con el changuito del trueque. Le pesaron entonces sus broncas por la harina amarillenta, las quejas por el hambre y aquel llanto en la cama cuestionando a Dios y maldiciendo a su padre; todo mientras esa mujer, seguramente, contaba moneda por moneda lo ganado limpiando, solo para pagarle esta entrada.
La observó a la distancia, mezclada entre los hinchas. Su madre era el ejemplo vivo de un sacrificio que él recién empezaba a dimensionar. Se enfrentaba al calor de la siesta, al trajín cotidiano de los bolsos cargados y al trabajo duro, cumpliendo el rol de padre y madre al mismo tiempo con el único objetivo de verlo sonreír. ¿Cómo pudo haber sentido vergüenza de su propia sangre? ¿Qué importaban los comentarios de dos o tres salames del club que no sabían nada de la vida?
En aquel rincón de Arroyito, el chico hizo un pacto interno. Se juró no volver a agachar la cabeza ni a «tirar la pelota afuera» por miedo al qué dirán. Entendió, de golpe, que los problemas no se solucionan escapando ni inventando mentiras para encajar. Guapo no era el que hacía un caño en la práctica; guapo era el que pedía la pelota cuando las papas quemaban, el que soportaba las patadas de la vida sin quejarse y el que, como ella, se hacía cargo de los suyos y los cuidaba hasta el final.
Mientras estos pensamientos lo transformaban, su madre regresó y le hizo una última pregunta:
—¿Se dice «popular» o «general»?
Él la miró con una admiración que atesoraría para siempre y le contestó:
—¡Popular, mami! ¡Populaaaar!