En los despachos donde se cocina la política en Rosario empieza a tomar temperatura un tema que, por ahora, se mueve más en el terreno de las especulaciones que en el de las definiciones concretas: la inminente discusión por la reforma electoral en la provincia de Santa Fe.
El debate no llega en cualquier contexto. La reciente sanción de la denominada reforma de la constitución —que reconfiguró calendarios y prioridades legislativas— terminó, de manera indirecta, condicionando los tiempos políticos para encarar cambios en las reglas de juego electorales. Traducido: si hay voluntad real de avanzar, el margen es corto y obliga a acelerar discusiones que, por su complejidad, suelen demandar meses.
En ese escenario, comienza a instalarse una hipótesis que inquieta a más de un dirigente: la necesidad de abrir el debate en pleno receso invernal, allá por julio. Una postal poco habitual, pero que reflejaría la urgencia de llegar con definiciones antes de que el calendario electoral empiece a correr sin margen de maniobra.
Puertas adentro, tanto en ámbitos legislativos como en mesas chicas del Ejecutivo, se reconoce que hay una decena de posibles reformas en carpeta. Sin embargo, como suele ocurrir, hay dos ejes que concentran la atención y que prometen abrir discusiones de fondo entre oficialismo y oposición.
El primero tiene que ver con los pisos electorales en la categoría de diputados provinciales. Con un esquema de 50 bancas a distribuir mediante el sistema D’Hondt, la discusión pasa por establecer —o no— un umbral mínimo de votos para acceder al reparto. Se trata de un punto sensible: un piso más alto podría ordenar la oferta política, pero también dejar afuera a fuerzas minoritarias, mientras que uno más bajo ampliaría la representación a costa de una mayor fragmentación.
Pero el tema que verdaderamente amenaza con dividir aguas es el de la Boleta Única. En sectores del radicalismo empiezan a circular propuestas para introducir cambios de fondo en el instrumento de votación. Entre ellas, la posibilidad de unificar categorías en un mismo casillero: que el elector pueda elegir, en un solo gesto, gobernador y diputados, o intendente y concejales.
Incluso, algunas voces van un paso más allá y deslizan la idea de habilitar una opción que permita votar “lista completa” de un partido o frente, en una lógica similar al viejo voto sábana. Un planteo que, de avanzar, implicaría un giro significativo respecto del espíritu original de la Boleta Única, pensada justamente para fomentar el corte de boleta y la elección por categoría.
Las consecuencias políticas de un cambio así no son menores. Dentro del propio oficialismo de Unidos para Cambiar Santa Fe ya se anticipan tensiones. Algunos partidos aliados miran con recelo cualquier mecanismo que fortalezca la “lapicera vertical” del gobernador de turno, temiendo una mayor concentración en el armado de listas y decisiones estratégicas. El antecedente de la conformación de la lista de convencionales constituyentes todavía resuena en más de un sector.
Pero la preocupación no es exclusiva del oficialismo. En el Partido Justicialista también empiezan a encenderse luces amarillas. Allí, distintos espacios buscan evitar que una eventual reforma habilite la consolidación de listas únicas definidas por una mesa de conducción, reduciendo los márgenes de competencia interna.
Así, lo que hoy aparece como un debate técnico empieza a mostrar su verdadera dimensión política. La discusión sobre cómo se vota en 2027 no solo definirá reglas electorales: también ordenará —o desordenará— el mapa de poder hacia adentro de cada frente.
Por ahora, todo se mueve en el terreno de las versiones, los borradores y las conversaciones reservadas. Pero en una provincia donde la ingeniería electoral siempre fue clave, nadie subestima lo que puede venir. Y menos cuando el reloj, esta vez, juega en contra.


