En el contexto del 24 de marzo, tres testimonios rosarinos vuelven a sacudir sentidos de uno de los períodos más oscuros de la historia argentina. No sobre lo que pasó, porque eso en gran medida, ya fue probado, juzgado y documentado, sino sobre cómo lo contamos, cómo lo recordamos y, sobre todo, cómo lo sentimos hoy.
El 24 de marzo es conocido, desde hace décadas, como el Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia. A cincuenta años del golpe de Estado, podría pensarse que, de ese trinomio, el componente más desarrollado es la justicia. Hubo leyes, hubo juicios, hubo testimonios, hubo reconstrucciones, hubo condenas. El Estado argentino avanzó, con idas y vueltas, en un proceso judicial que buscó dar respuesta a crímenes atroces.
Pero, ¿qué pasó con la memoria? ¿Y qué pasó con la verdad?
La pregunta no es casual ¿Las nuevas generaciones hacen memoria de la dictadura o repiten una memoria ya heredada? ¿Qué implica “hacer memoria” cuando el pasado no puede ser leído con los ojos del presente sin perder matices? ¿Cuántos detalles, decisiones, contradicciones quedan fuera?
En una época donde se repite que hay tantas verdades como personas, el concepto mismo parece diluirse. Se habla de “dos caras”, de “bandos”, de “relatos”. Se discute si cuestionar ciertos aspectos debería enriquecer o ser un delito. Se relativizan hechos. Se endurecen posturas. Y en eso se pierde el lado más humano de la historia.
Tres historias, una misma herida
Para intentar acercarse a lo que quedo en cada uno, esta periodista conversó con tres personas atravesadas por ese período desde lugares muy distintos.
Una de ellas es Alicia Gutiérrez, que perdió a su hermana, a su pareja y a amigos cercanos durante la dictadura. Fue perseguida, tuvo que exiliarse y criar a su hijo lejos del país.
Por otro, Faustino Amelong. Su padre fue asesinado en un atentado guerrillero. Un hecho que lo marcó desde la adolescencia. “Cuando llegué a mi casa, mi mamá me dijo: ‘hay que perdonar’”, recuerda conmovido.
Otra de las voces es de Jesica Pellegrini, quien participó como querellante en múltiples juicios de lesa humanidad, acompañando a familiares de desaparecidos que durante años no encontraron respuestas en el sistema judicial.
Tres historias, tres vidas, tres formas de atravesar la violencia política, tres registros distintos del dolor. Y, sin embargo, un mismo contexto histórico.
A medida que avanzaban los testimonios, empezó a aparecer algo en común. No tanto en lo que se decía, sino el clima en el que esas palabras existen hoy y conviven entre ellas. Un clima actual en el que esas palabras caen cargadas de sensibilidad, dolor, resentimiento y polarización.
¿Hay temas de los que no se puede hablar?
La pregunta no es retórica. Aparece en la sensación constante de que cualquier afirmación puede ser leída como una toma de posición política, incluso cuando lo que se intenta es comprender. Porque hablar de la última dictadura militar en Argentina no es solo hablar del pasado. Es hablar de una disputa vigente.
En ese contexto, el 24 de marzo muchas veces corre el riesgo de convertirse en algo distinto a lo que debería ser. Una fecha que ordena actos, discursos, publicaciones en redes sociales. Pero que, en ese proceso, puede dejar afuera aquello que la originó, que es el dolor.
Familias desmembradas. Vidas interrumpidas. Decisiones irreversibles. Años atravesados por el miedo, la violencia, la persecución. Las calles de Rosario llenas de armas, bombas, uniformes. De silencios, ausencias y oscuridad. Hoy, esa densidad parece diluirse en discusiones rápidas, en chicanas políticas vergonzosas, en cifras. Como si la vida pudiera ordenarse con lógicas matemáticas.
¿Existen diferentes verdades?
¿Se puede hablar de diferentes verdades frente a un período tan oscuro y tan violento? No se trata de validar relativismos ni de poner en duda hechos probados por la justicia. Pero tampoco alcanza con repetir fórmulas si eso impide escuchar otras experiencias.
Si hubo un punto en común entre los testimonios es la sensación de que hubo partes de la historia que no se dijeron a tiempo. Detalles omitidos. Decisiones no explicadas. Procesos que quedaron ajenos a la sociedad. “Hubo cosas que no se contaron desde el inicio”. Y eso tuvo consecuencias. Porque cuando no logramos construir un relato que, sin ser único, sea al menos compartible, lo que queda es fragmentación y desconfianza.
Para quienes nacimos después, el 24 de marzo no es una experiencia vivida, sino heredada en forma de conflicto. Una generación que creció sabiendo que era un tema importante, peligroso, complejo, y del cual es mejor no hablar. Y no por desinterés, sino por saturación o por miedo a decir algo incorrecto.
Durante años, el silencio fue imposición, hasta transformada en ley. Después, el hablar se volvió central, necesario y urgente. Pero hoy, la simplificación puede generar el silencio de quienes no encuentran lugar para hablar sin quedar atrapados en categorías. Y en ese punto es que la memoria deja de ser una construcción colectiva para transformarse en un campo de disputa.
De quienes ejercieron el terror quedan nombres, expedientes, reconstrucciones judiciales. De quienes lo padecieron, quedan historias y ausencias. Y para el resto, nos queda el encargo de la resignificación. No alcanza con conmemorar o repetir. Como sociedad debemos sostener la complejidad, y buscar entender, o al menos, escuchar.



