Faustino Amelong comienza su relato por el contexto de la época. “Todos los días te enterabas de alguna muerte o de algún asesinato o alguna bomba”. Hace una aclaración. Con los años, las miradas cambian. Dependen de dónde estuvo cada uno. Esta es la de un hijo que perdió a su padre.
“Había en el país una situación reinante muy difícil”, dice. “Se había desatado en Argentina una violencia muy importante”. Era 1975 y él tenía 17 años. Estaba en el Liceo Militar General Belgrano, en Santa Fe, internado de lunes a viernes. Mientras tanto, en Rosario, su familia seguía con su rutina. Pero lo que pasaba afuera empezaba a filtrarse en lo cotidiano. “Era una situación muy violenta y muy difícil”.
En ese escenario, su padre, Raúl Alberto, trabajaba en la siderúrgica Acindar, en Villa Constitución. Allí, recuerda, la tensión era constante. Los conflictos sindicales entre sectores locales y nacionales escalaban. “Habían tomado la fábrica, pusieron rehenes a los jefes, los pusieron en un sótano rodeado de tambores de nafta. Estaban ahí jugando con que prendo el fosforito o no prendo el fosforito”.
Las amenazas no tardaron en volverse personales. “Mi papá estaba amenazado de muerte por teléfono y por acciones que le habían tomado contra él”. La empresa le ofreció alternativas como mudarse con su familia a un predio dentro de la fábrica o contar con custodia permanente. Él rechazó ambas. “Yo tengo mi familia en Rosario. No quiero la custodia, y si insisten, que esté afuera de mi casa, no lo quiero adentro, no lo quiero conmigo”.
La decisión no era obstinada. En su casa, la Fe era parte de la forma de entender lo que pasaba. “Yo también pienso que cada uno se muere cuando Dios lo permite… mi padre pedía cinco minutos para perdonar a quienes lo amenazaban”. Hubo intentos de ataque que no prosperaron. Situaciones que quedaron a mitad de camino.
Hasta el 4 de junio de 1975.
“Como todos los días, mi papá salía temprano en el auto e iba hasta Villa Constitución”, cuenta. En el camino llevaba a una de sus hermanas y a una amiga de ella a la facultad. “Iban andando en el auto, totalmente desarmados, sin custodia, sin ninguna precaución adicional más que vivir la vida de todos los días”.
Frenaron en un semáforo en calle Córdoba, hoy Eva Perón, y Guatemala. “De frente vino una camioneta con varias personas, no sé si eran cinco o seis, con armas de guerra. Le tiraron muchos tiros, no sé cuántos fueron”. Su padre recibió entre 5 y 10 disparos. Su hermana fue herida en una pierna. La amiga que iba atrás se tiró al piso y se escondió debajo del asiento.
“Mi papá le dijo a mi hermana: ‘cuidado que van a volver’”. Y volvieron. “Él se empezó a bajar del auto, paró esa camioneta, se bajó uno, y con una pistola le tiró en la cabeza”. Faustino se toma, por primera vez, una pausa en su relato. Su tono solemne es interrumpido por una voz ahogada. Conmovido, aquí deja entrever que esto no es solo una historia de hace 50 años. Es una experiencia dolorosa y personal. Y al contarlo, revive aquel día que llegó del colegio y lo primero que le dijo su madre fue «vamos a perdonar».
“Es lo que había dicho mi papá siempre”. Ese es el mensaje que, al menos Faustino, conserva de esta historia. “Desde aquella época hasta ahora, casi todos los años, nos juntamos en ese lugar a rezar. Mi papá decía que esa era su arma: rezar el Rosario”.
La familia de Faustino Amelong no fue ajena a las turbulencias políticas de la última dictadura militar. Y tampoco a su violencia. “No es el Día de la Memoria como lo dicen los medios, los políticos o los activistas”, afirma. Desde su perspectiva, el relato construido sobre aquellos años está “totalmente ideologizado y tergiversado”.
Su lectura de ese tiempo: “Era una guerra. No había jueces que dieran la orden de detención”, sino enfrentamientos armados, ataques y una violencia extendida que, según su recuerdo, atravesaba la vida cotidiana. “Lo que yo creo es que cada uno de los que murió en esa época murió peleándola como decidió pelearla. No es que había jóvenes idealistas que los fueron a buscar para hacerlos desaparecer”.
En ese marco, también cuestiona las cifras instaladas en el debate público y el modo en que, según él, se construyó el consenso social posterior. “El 24 de marzo es el día en el cual el relato de los que vinieron después transformó aquella realidad en algo que les servía políticamente. No es que yo piense que hayan hecho un bien haciendo desaparecer gente, no. Pero las guerras contra el terrorismo en muchos lados del mundo se resolvieron de esa forma”
Este 24 de marzo, aunque él así no lo considere, podría ser también un espacio para pensar en su padre. Para hacer memoria de esa figura, para contar la verdad de la historia. Y hallar en el perdón, consuelo y justicia.



