“Mi nombre es Alicia Gutiérrez. Soy odontóloga.”
En la década del 70, mientras cursaba la carrera junto a su hermana, “la única hermana que tuve, cursábamos en el mismo curso”, comenzó a militar en el centro de estudiantes de la facultad. “Viví, crecí de dictadura en dictadura, con muy pocos períodos democráticos. Cuando se abre la posibilidad de participación, me sumé. Primero como estudiante independiente, después en la juventud universitaria peronista.”
Fue, dice, la primera mujer presidenta de un centro de estudiantes en ese espacio. “Luego se siguieron sumando otros centros conducidos por mujeres.” Pero la militancia tuvo su costo. “Ese fue el motivo que tomaron para expulsarme de la universidad.”
Para entonces, ya no asistía a cursar. “No íbamos porque sabíamos que nos estaban buscando.” Las amenazas habían empezado antes del golpe. “Recibimos amenazas por parte de la Triple A. Hubo un allanamiento de la Policía Federal buscando armas. Ahí empezó el peor período de la historia de nuestras vidas”. Su hermana fue secuestrada y asesinada en octubre de 1976.
Alicia y su pareja ya estaban siendo perseguidos, y es por eso que fueron hacia Córdoba. “Yo estaba embarazada de ocho meses cuando desaparece Eduardo, que es secuestrado en una reunión a la cual debí asistir yo. No concurrí porque ese día, 9 de febrero de 1977, pleno verano, hacía muchísimo calor y yo me sentía mal”.
Eduardo fue secuestrado junto a Analía Arriola y sus dos pequeños hijos. Fueron llevados al campo de La Perla. Los niños sobrevivieron, pero no los adultos. “Analía es asesinada. A Eduardo nunca más lo vimos.”
“En mi familia no fueron las únicas víctimas”, enumera. “Una prima mía fue Graciela Coatz, cuya pareja era Palmiro Labrador, fue secuestrada. Los niños fueron secuestrados y asesinados junto al papá de Palmiro, un mes después del asesinato de mi hermana, y también la hermana de mi padeció cárcel durante varios años en Villa Devoto. Todas estas cuestiones familiares fueron declaradas por mí como querellante en las distintas causas.”
En una de ellas, tuvo que declarar frente a los responsables. “Tenía atrás mío a Barreiro, a Menéndez, sentados. Cuchicheaban entre ellos cuando yo decía algo que probablemente les llamaba la atención.”
Pero la historia de Alicia no termina allí. “El primo de mi suegro, Fidel Tonioli era represor. Averiguaba dónde vivía yo, si había tenido mi hijo.” La casa donde vivían en Córdoba fue allanada. “Durante dos meses hubo custodia militar esperando que yo volviera.”
No volvió.
“Tuve a mi hijo, que no conocía a su papá, y cuando pude salir del país, lo hice.” Alicia pasó por Brasil, donde tuvo la estadía mas agradable y acogedora. Sin embargo, organismos de Derechos Humanos le aconsejaron que se alejara del continente. Es entonces cuando llega a Francia. “Me fui a Grenoble, que es una ciudad rodeada por los Alpes, donde hace mucho frío, pero también mucho sol, cosa que en París no existía. Ahí fui a la universidad, primero estudié francés, yo no sabía ni una palabra de francés, estudié francés unos meses y entré a la universidad.” Hasta su regreso en 1985, Alicia estudió, y trabajó de lo que podía. Su pasaporte tardó en llegar, ya que ella en Argentina tenía orden de captura. Su hijo Eduardo, junto con otros niños argentinos, pudieron volver meses antes. “Llegamos el 30 de diciembre a Argentina”
Detrás de este relato, Alicia hoy reconoce un error. “No contamos lo que había pasado. había que contar lo que había pasado, que hoy se está revelando, se está subsanando y se está abriendo un poco las historias de las familias, dónde, quiénes eran, qué hacían y las razones por las cuales habían sido secuestrados. Yo creo que eso es fundamentalmente lo que me pesa más no haber hecho antes.”
Ella reconoce la importancia de organismos de derechos humanos, como el de Hijos, Madres de Plaza de Mayo, entre otros. Ellos fueron quienes, durante las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, recopilaron testimonios de las víctimas y sus familiares, que luego servirían como evidencia en los juicios.
Sin embargo, advierte que todavía hay dificultades para transmitir lo ocurrido. “No en todas las escuelas se habla del tema y cuando se habla, no siempre es igual. Depende de las autoridades, de los docentes.”
Para Alicia, la escuela es donde los chicos pueden discutir y formarse una idea. Aunque marca un límite. “Es que esto (los crímenes y las cifras de desaparecidos) no debería ser discutido porque quedó demostrado en los juicios, que eran juicios penales plenos, y los jueces avalaron y condenaron por esos testimonios a los represores que condenaron. Entonces no puede ser puesto en discusión. Y otro error que cometimos es no haber puesto como delito el poner en cuestión los muertos, los asesinatos, los robos de bebé, etc.”
Desde los tribunales, Jesica Pellegrini, abogada especialista en Derechos Humanos, aporta otra dimensión a esa memoria.
“Escuchar cientos de testimonios… es imposible describir lo que vivieron. El mayor esfuerzo de quienes declaraban era por los otros compañeros militantes.” Para Pellegrini, esa dimensión colectiva es central. “En el peor de los horrores, hay resistencia, hay comunidad.”
Jesica también reconoce una deuda. Muchos debates no se dieron públicamente. “Son discusiones complejas que en lo público se simplifican.”
Alicia finaliza con una idea que resalta la importancia del ejercicio de la memoria. “Nada es definitivo. Un día viene alguien que piensa distinto, como lo es en la actualidad, y va a intentar por todos los medios darlo vuelta, con otra ley. Porque una ley da vuelta a otra ley, no hay otra forma.”



