Germán Gago, presidente de la Vecinal 22 de Julio de barrio Tablada y coordinador general de la Casa del Vecinalista, pasó por Democráticamente, el programa que conduce Juan Francisco por AGOFA TV, y trazó una radiografía crítica de las desigualdades territoriales de Rosario. Advirtió que el aumento de las necesidades sociales multiplica el trabajo de las vecinales, cuestionó la estigmatización de Tablada y Villa Manuelita y reclamó que la inversión pública deje de concentrarse siempre en los mismos sectores. También habló del clientelismo político, cuestionó la ubicación del Parque Acuático y propuso mirar hacia el sur con proyectos como la recuperación del Saladillo y la creación de un camping municipal. En noviembre, además, Rosario volverá a recibir después de más de dos décadas un Congreso Nacional Vecinalista.
“Cuando hay mucho trabajo en la vecinal es porque está flaqueando la situación”
—Germán, ¿cómo está hoy la Vecinal 22 de Julio y qué realidad están encontrando en Tablada?
Lo que marca la vecinal es que cuando hay mucho trabajo es porque está flaqueando la situación. Hay que ponerle el pecho todos los días, gestionar, gestionar y gestionar. No cansarse, aunque muchas veces las puertas no se abran.
Tenemos que seguir e insistir hasta que se entienda que uno no va por capricho a gestionar, sino por una necesidad que tenemos personalmente y que también nos transmite la gente. Nosotros somos una especie de fusible. Cuando alguien recurre a la vecinal o nos manda información por las redes es porque está teniendo un problema y espera que nosotros cumplamos nuestra función como gestores.
—¿Ese aumento de trabajo está directamente relacionado con el impacto de la situación económica en los barrios?
Tal cual. Esto viene de arriba para abajo. Cuando se empieza a achicar el Estado, a acotar sus recursos, terminamos complejizando la situación de los sectores que están más abajo.
Rosario es una ciudad en constante crecimiento y necesita una definición política fuerte para que esto no termine en una brecha infranqueable, donde tengamos una ciudad divina para presentar hacia afuera, pero donde no te puedas equivocar de calle porque cambia completamente la realidad.
No es un problema nuevo, pero puede profundizarse. Si seguimos repartiendo el presupuesto como hasta ahora, cada vez habrá más diferencias. Si se presta más atención a los barrios, vamos a tener una ciudad mucho más equilibrada.
El diagnóstico de Gago coloca a las vecinales en un lugar que excede al tradicional reclamo por una calle, una luminaria o un servicio. Cuando las condiciones económicas y sociales empeoran, estas instituciones terminan convirtiéndose en una de las primeras puertas a las que golpean quienes necesitan una respuesta.
La preocupación del dirigente es que la desigualdad territorial termine consolidando dos Rosario: una con capacidad de exhibirse y atraer inversiones, visitantes y grandes acontecimientos, y otra donde todavía existen dificultades para acceder a servicios elementales.
Tablada y Villa Manuelita: el peso de vivir en una “zona roja”
—Tablada suele aparecer señalada como una de las zonas más conflictivas de Rosario. ¿Cómo está actualmente el barrio en materia de seguridad?
Está como toda la ciudad. Pasan muchos casos de inseguridad, pero creo que a alguien le conviene poner en “zona roja” a Villa Manuelita y Tablada.
Después no se hacen cosas buenas porque dicen que no se encuentran cosas buenas en el barrio, y no es así, para nada. Tenemos una cantidad enorme de trabajadores y una cantidad enorme de gente que se destaca en lo que hace y son de Tablada, son de Villa Manuelita.
Es más fácil decir: “No llevemos recursos para ese lado porque son todos delincuentes”. Y eso nos golpea muchísimo.
—¿Esa estigmatización termina condicionando incluso las oportunidades de los jóvenes?
Sí. Le quita mucho futuro a la juventud. Porque cuando vos das tu dirección, te empiezan a marginar.
Es una marca que te queda y no te la podés sacar fácilmente. Por más que pasen cosas muy lindas en el barrio, si nadie se entera y nadie se acerca, queda encerrado entre unos pocos y para el resto seguimos siendo los malos de la película.
Por eso la política gubernamental tiene que tomar una posición. Si a mí me dicen que existe una zona de conflicto, yo trataría de solucionar esa zona. Ahí es donde más política tiene que llegar y donde más se nota la habilidad del político.
Gago cuestiona una lógica circular: un barrio adquiere una imagen negativa, esa imagen condiciona inversiones y oportunidades y, como consecuencia, los problemas que originaron el estigma pueden profundizarse.
Su planteo no niega los episodios de inseguridad que atraviesan esos territorios. Lo que discute es que el delito termine definiendo la identidad completa de una comunidad y que la dirección de una persona pueda transformarse en un condicionamiento para estudiar, trabajar o desarrollarse.
“Si no salimos de esta visión política tan individualista…”
—Durante otros períodos Rosario desarrolló programas de contención en los barrios. ¿Qué creés que debería recuperar la política?
No lo plantearía como un consejo porque no soy quién para darle consejos a nadie, pero tengo una mirada totalmente crítica.
Creo que si no salimos de esta visión política tan individualista, donde yo te ofrezco algo a cambio de algo y eso tiene que ver con la afiliación o con demostrar que me vas a responder electoralmente, no vamos a mejorar.
Eso es muy egoísta porque, además, la gente muchas veces no se suma por convencimiento, sino por necesidad. El que entienda que la gente tiene que sumarse por convencimiento va a ser imparable.
—¿Ese condicionamiento político también puede aparecer en las vecinales?
Sí, yo lo veo así, por más que algunos se enojen o no lo quieran decir.
En el discurso decimos que a quien entra a una vecinal no se le pregunta ni de qué religión es ni de qué partido político es. Pero en la práctica esas cosas pasan y no podemos hacernos los distraídos.
El trabajo vecinal es gratuito, lleva muchísimo tiempo y te carga de responsabilidades. Si no conseguís respuestas, la gente empieza a preguntarte para qué estás. Entonces hay quienes terminan flaqueando. Si la necesidad fundamental de tu barrio es conseguir asistencia alimentaria y no la podés obtener porque sos crítico del gobierno de turno, se te complica muchísimo.
La crítica de Gago apunta directamente al vínculo entre necesidad social y construcción política. Su planteo es que la asistencia pública no debería convertirse en una herramienta para disciplinar dirigentes territoriales ni organizaciones barriales.
La autonomía de las vecinales, sostiene, se vuelve especialmente difícil cuando quienes las conducen necesitan respuestas del Estado para resolver problemas concretos y, al mismo tiempo, pretenden mantener una posición crítica frente a la administración de turno.
“Se ha ido alejando la decisión de la gente de la decisión del gobernante”
—También existe la percepción de que determinadas vecinales responden a espacios políticos. ¿Es algo extendido?
No sé si efectivamente hay muchos casos, pero sí hay muchos rótulos. A mí también me rotulan por la forma en que me manejo con la gente. Según cómo actuás, alguien dice: “Este es de tal o cual partido”.
No conozco personalmente casos donde se haya corrido a alguien por pensar diferente. Creo que las vecinales, con excepciones, están un pasito más adelante en ese sentido porque hemos tenido que aprender de la historia.
—¿Qué pueden aportar entonces las vecinales a la discusión sobre la ciudad?
Cuando estás permanentemente en contacto con el vecino común, con el vecino de a pie, te das cuenta de un montón de cosas que deberían cambiar para no tener una democracia tan débil.
Se ha ido alejando cada vez más la decisión de la gente de la decisión del gobernante. Un gobernante puede tener su criterio, bueno, malo o regular. Pero si esa visión no coincide con la del barrio, puede hacer una obra hermosa y, si el barrio considera que no le sirve, fue plata tirada.
Para Gago, allí aparece una de las funciones centrales del vecinalismo: aportar conocimiento territorial antes de que el Estado defina sus intervenciones.
La discusión no consiste únicamente en cuánto se invierte, sino en cómo se establecen las prioridades y cuánto participan los destinatarios de las políticas públicas en esa decisión. Una obra puede ser técnicamente correcta o visualmente atractiva y, sin embargo, no responder a aquello que una comunidad considera urgente.
El Parque Acuático y una política “despegada de la gente”
—Mencionabas obras que pueden no coincidir con las prioridades del barrio. ¿El Parque Acuático es un ejemplo?
Sí. Por eso creo que la política se está despegando tanto de la gente.
Y hay algo que quiero aclarar: no era que la gente decía “no quiero el Parque Acuático”. Decía: “No lo quiero en ese lugar”.
Ese es uno de los pocos espacios gratuitos que todavía quedan para que la gente pueda disfrutar de ese pedacito de río. Un Parque Acuático puede ser una obra bárbara, pero no necesariamente tiene que estar en pleno balneario.
—¿Entonces el cuestionamiento es también sobre dónde distribuir las inversiones dentro de Rosario?
Exactamente. Podrías hacerlo en otro sector y ampliar las posibilidades para que incluso la propia gente de Rosario vaya conociendo toda la extensión de su ciudad.
Tenemos lugares muy desaprovechados. Yo soy del sur y lo conozco de punta a punta. Si Córdoba tuviera el Saladillo, sería un lugar turístico por excelencia. Y nosotros tenemos el Parque Regional Sur y parece que alcanza con ponerle tres lamparitas.
Queremos que Rosario tenga una tendencia turística y ni siquiera tenemos un lugar donde acampar.
La crítica vuelve a colocar en discusión las prioridades de la obra pública, pero Gago suma una propuesta concreta: desarrollar turísticamente sectores que históricamente quedaron fuera de los circuitos tradicionales de Rosario.
Su mirada sobre el Saladillo combina recuperación urbana, turismo y descentralización. La propuesta apunta a que el sur pueda recibir visitantes y generar nuevas actividades económicas en lugar de concentrar sistemáticamente la oferta recreativa en los mismos sectores.
Un camping municipal en el sur y otra manera de pensar el turismo
—¿Qué podría hacerse concretamente en el Saladillo y el Parque Regional Sur?
Podrías transformar el Parque Regional Sur y sumar un camping municipal, donde se pueda acceder a otro tipo de turismo.
Después lo articulás con programas turísticos de la ciudad. El que viene al camping durante el fin de semana puede tener un colectivo que lo lleve a conocer el puente, La Florida, los museos y otros lugares.
Rosario hoy pierde encuentros de motos, de autos, de folklore y muchos otros acontecimientos porque no tiene un espacio de esas características.
—¿Creés que el desarrollo del sur puede convivir con grandes inversiones privadas?
Sí. La zona sur ya demostró que sabe acomodarse a grandes proyectos y lugares de concentración. Está el ejemplo del City Center.
Hubo mucha discusión cuando se instaló, pero después quedó demostrado cómo incluso los propios vecinos cuidan el lugar y cómo mejoró todo el sector.
Pero todo tiene que hacerse con la gente. No hay transformación de una ciudad sin los vecinos. Quien piensa eso se equivoca.
La propuesta intenta romper con una mirada que ubica a determinados sectores exclusivamente como territorios donde deben resolverse problemas sociales. Para Gago, el sur también puede ser un espacio de inversión, recreación y turismo.
El punto central es la articulación: una nueva infraestructura debería integrarse con el resto de la ciudad y construirse con participación de quienes viven en el territorio.
“Tenemos miedo de que quede gente fuera del sistema”
—Volviendo específicamente a Tablada, ¿cuál es hoy la principal preocupación?
Tenemos miedo de que quede gente fuera del sistema, porque no puede pagar impuestos, servicios o por la razón que sea.
Cuando alguien queda afuera y después no puede volver, el sistema se lo termina llevando puesto. Puede terminar perdiendo el terreno o la casa.
Y al mismo tiempo tenemos el puerto enfrente. En casi todo el mundo un puerto puede formar parte de un atractivo o convivir adecuadamente con la ciudad, pero nosotros tenemos problemas de contaminación.
—¿También les preocupa el impacto económico sobre el trabajo barrial?
Sí. Hoy tenemos una enorme cantidad de contenedores en el puerto. Y detrás de los cambios económicos hay fuentes de trabajo que se van perdiendo.
Podemos comprar una remera más barata, pero ¿qué pasó con el comerciante del barrio? ¿Qué pasó con la pequeña industria, con las costureras o con quienes armaron talleres?
Si empezamos a sumar granito por granito, nos vamos a encontrar con una situación muy complicada si no metemos mano desde ahora, porque después podemos llegar a un quiebre social.
Gago conecta de esta manera la macroeconomía con sus efectos territoriales. Su preocupación no está centrada únicamente en el nivel de consumo, sino en la posibilidad de que hogares y pequeños trabajadores queden definitivamente fuera de los circuitos formales.
También cuestiona la idea de que los gobiernos locales y provinciales no puedan intervenir porque las causas sean nacionales. Para el vecinalista, precisamente allí aparece la responsabilidad de las administraciones territoriales: generar políticas de contención frente a consecuencias económicas que llegan concretamente a los barrios.
Agua, obras y la discusión sobre “las dos ciudades”
—Cuando ustedes llevan estos problemas al Ejecutivo, ¿encuentran respuestas?
Algunos sí, otros no. Porque finalmente son decisiones políticas.
Un gobierno recibe determinada cantidad de dinero y decide cómo repartirlo. Es como una casa. Si tu criterio es mostrar lujos, pero después no vas hacia lo fundamental, como salud o educación, se complica.
Tenemos muchísimos reclamos del sur y del oeste porque no hay presión de agua.
—¿Eso también expresa una diferencia en las prioridades de inversión?
Sí. Por ejemplo, terminar el acueducto que abastecería a ese sector implica una decisión sobre dónde poner los recursos.
Entonces vos decidís arreglar el casco histórico y que el barrio siga aguantando. Después todo eso repercute también en la calidad del servicio.
Una ciudad tiene que crecer de forma equilibrada. No hay secretos en esto. Yo no disfruto de una ciudad donde voy a visitar a un amigo y me tienen que decir “por allá no, por allá no”, no solamente por inseguridad, sino por las condiciones en las que se vive.
La idea de “dos ciudades” atraviesa toda la entrevista. Gago no plantea abandonar las inversiones del centro o del macrocentro, sino modificar la proporción con la que los recursos llegan a territorios que arrastran déficits históricos.
Para el dirigente vecinal, una Rosario más equilibrada no se construye únicamente trasladando recursos: requiere políticas diferenciadas según las características sociales de cada territorio.
La red comunitaria que evita que los barrios se deterioren todavía más
—¿Hay sectores de Tablada que hoy se encuentran particularmente abandonados?
Sí. Y si no están más abandonados es por el trabajo social que existe en el territorio.
Ahí aparecen las maestras, las directoras de las escuelas, las asociaciones civiles, los templos, las iglesias y distintos espacios que ayudan muchísimo.
Pero esa ayuda es limitada porque no alcanza solamente con recursos: necesitás ideas, planificación y políticas que entiendan que no es lo mismo una escuela ubicada en un sector de Rosario que otra.
—¿Qué significa concretamente adaptar las políticas al territorio?
Podés diseñar un sistema educativo general, pero tenés que contemplar las particularidades.
Si tenés una escuela donde para los chicos es fundamental comer, incluso antes que aprender a leer, ahí tenés una problemática específica sobre la cual enfocarte.
Por suerte todavía existe muchísima gente que actúa con solidaridad. Hay instituciones que entienden la diferencia entre solidaridad y dádiva y generan una red de contención.
El reconocimiento de esa trama social completa la mirada de Gago sobre los barrios. Frente a la estigmatización de Tablada como un territorio definido por la violencia, describe otra realidad menos visible: docentes, organizaciones civiles, instituciones religiosas y vecinos que diariamente sostienen redes comunitarias.
Para el vecinalista, esa tarea evita que determinados problemas se profundicen, pero no puede reemplazar indefinidamente al Estado.
Después de más de 20 años, Rosario recibirá al Congreso Nacional Vecinalista
—Además de presidir la Vecinal 22 de Julio sos coordinador general de la Casa del Vecinalista. ¿Qué significa que Rosario vuelva a recibir el Congreso Nacional?
Tenemos la suerte de haber conseguido, después del trabajo de compañeros que llevan años en esto, que después de más de 20 años vuelva un Congreso Nacional a Rosario.
Es un trabajo muy arduo. Si Rosario, con alrededor de 100 vecinales funcionando, tiene encuentros y desencuentros, imaginá lo que significa organizarlo a nivel nacional.
Se va a realizar el 13, 14 y 15 de noviembre.
—¿Qué dinámica tendrá?
Se va a trabajar mediante talleres. Buscamos un hilo común para que quienes lleguen desde distintos puntos del país puedan sentirse contenidos, aunque no todos tengan las mismas problemáticas.
La idea es que la gente participe, se nutra y vuelva a su lugar con posibles herramientas para trabajar sobre sus propios problemas.
Además vamos a realizar un lanzamiento oficial en octubre.
El regreso del Congreso Nacional Vecinalista a Rosario tendrá para Gago un significado que excede al encuentro institucional. Será una oportunidad para poner en discusión cuál es el papel de las organizaciones territoriales en ciudades atravesadas por desigualdades económicas, problemas de infraestructura y una creciente distancia entre ciudadanos y estructuras políticas.
En definitiva, toda su mirada puede resumirse en una idea repetida durante la entrevista: los vecinos no deberían aparecer al final de las políticas públicas, cuando una decisión ya está tomada, sino participar desde el momento en que se define qué ciudad se quiere construir.
Desde Tablada, Gago reclama precisamente eso: que las necesidades del sur no sean observadas exclusivamente desde la emergencia o la seguridad; que el Estado deje de confundir asistencia con disciplinamiento; que la inversión pública llegue de manera más equilibrada y que territorios como el Saladillo sean considerados también desde sus oportunidades de desarrollo.
Porque, como sostuvo durante su paso por Democráticamente, “no hay transformación de una ciudad sin los vecinos”.


