Luciano Di Santo, empresario rosarino, presidente de Micropack y uno de los impulsores del proyecto Barrio Chino Rosario, pasó por Democráticamente, el programa que conduce Juan Francisco por AGOFA TV, y contó cómo una profunda transformación de su actividad empresarial terminó acercándolo todavía más a la comunidad china y derivó en una iniciativa que pretende recuperar una zona del centro rosarino. El proyecto busca comenzar con entre 15 y 20 locales, sumar gastronomía, comercios, un supermercado de productos chinos, entretenimiento y servicios, y financiar la inversión mediante un fideicomiso abierto a pequeños y grandes aportantes. Di Santo asegura que la intención no es esperar una solución estatal, sino organizar al sector privado para aprovechar infraestructura existente, ocupar locales vacíos y devolverle movimiento diurno y nocturno al centro.
De supermercadista a una nueva etapa empresarial
—Luciano, durante décadas Micropack estuvo identificada con los supermercados. ¿Qué transformación atravesó la empresa?
Yo soy presidente de Micropack, pero se retransformó muchísimo. Es una empresa de 73 años, llegamos a tener 3.000 empleados y hoy les dimos lugar a otras empresas. Seguimos siendo propietarios de los inmuebles, los alquilamos y les brindamos servicios a quienes hoy los operan.
La empresa supermercadista la cerramos y le dimos lugar a otra gente que podía hacer las cosas mejor que nosotros. Yo milito en salir de la queja. Podría estar quejándome todo el día. Fue duro, pero siempre apuesto al futuro y a retransformarse.
También hay que tener humildad. Si viene alguien y hace las cosas mejor que uno, ¿por qué no? Fue una etapa dura, pero hoy estamos muy contentos porque quienes están operando nuestros establecimientos lo están haciendo muy bien.
—¿Ese proceso explica también tu acercamiento con la comunidad china?
Sí. Entre un 50%, 60% o 70% de quienes alquilaron nuestros establecimientos han sido chinos. Pero mi relación viene desde mucho antes: cuando empecé como vendedor en la empresa, aproximadamente el 70% de nuestros clientes eran chinos.
Ahí comenzó un acercamiento con la cultura. Mi papá es inmigrante italiano, vino sin nada, y nosotros sabemos lo que significa llegar de esa manera. Siempre trabajamos con valores como la confianza, la transparencia y el respeto, algo que la comunidad china valora muchísimo.
La transformación que relata Di Santo es importante para comprender el origen del proyecto que hoy intenta llevar adelante. El vínculo con la comunidad china no nació con la idea del Barrio Chino, sino de décadas de relaciones comerciales que se profundizaron cuando Micropack decidió dejar la operación directa de sus supermercados.
La reconversión implicó abandonar un negocio históricamente ligado a la familia y modificar su rol: de operador comercial a propietario y prestador de servicios sobre inmuebles utilizados por otras empresas. Parte importante de esos nuevos operadores pertenecen a la comunidad china.
“Las reglas del juego cambiaron”
—Después de más de 70 años en una actividad, desprenderse de ella no debe haber sido sencillo. ¿Qué determinó la decisión?
Terminamos en agosto. Con mi hermano vimos que el modelo había cambiado. Nosotros habíamos hecho nuestros planes con otro modelo y no nos gusta tener plan B.
Valoré que el Presidente dijera hacia dónde iba. Eso me ahorró mucho tiempo para tomar decisiones. Vimos que había gente mejor preparada que nosotros para brindar un mejor servicio a la comunidad y nos jugamos a hacerlo.
Salió bien. Podría haber salido mal.
—¿Qué significa ser empresario hoy en Argentina, especialmente viniendo de un sector como el supermercadista?
El supermercado es muy especial. La ganancia puede estar alrededor del 3%, si todo te va muy bien. Perdiste un día de la semana y se te puede ir ese margen.
Es una adrenalina enorme porque tenés que solucionar problemas todos los días. Pero eso también me enseñó a no quedarme con el error. Si algo salió mal, listo: mañana tenés revancha. Hay que seguir para adelante y solucionar los problemas.
Di Santo describe su reconversión como una respuesta empresarial a un cambio de escenario económico. Se trata de su interpretación sobre el contexto y sobre las decisiones que tomó junto con su hermano, no de una receta aplicable necesariamente al conjunto de las pymes.
Su postura atraviesa toda la entrevista: frente a un escenario adverso, propone adaptarse rápidamente, reducir el apego a modelos empresariales anteriores y buscar nuevas oportunidades.
El consumo también cambió
—¿Cambió mucho la manera de consumir de los rosarinos?
Muchísimo, pero también cambió a nivel mundial. Hay transformaciones nacionales vinculadas con la economía y otras mundiales, que son tendencias mucho más largas.
Después de la pandemia creció muchísimo lo digital y cambiaron los hábitos. También ganaron espacio lo natural y lo saludable. Antes, en una crisis, por ahí la gente tomaba cerveza; hoy va al gimnasio.
También cambió la forma de encontrarse. Antes decíamos “nos juntamos todos a comer un asado”; hoy uno pide una hamburguesa, otro una pizza, otro otra cosa.
—¿Quiénes se adaptaron mejor a esa transformación dentro del supermercadismo?
En mi opinión, el ganador es el negocio de cercanía, los formatos express.
Y hoy influye muchísimo dónde está ubicado el supermercado. Si en esa zona la gente tiene trabajo y buen poder adquisitivo, te va bien. Si la situación económica del lugar está mal, te va mal. Después podés trabajar sobre la estrategia comercial y el mix de productos, pero la ubicación no la podés cambiar.
La experiencia supermercadista también influye en cómo Di Santo observa actualmente el centro de Rosario. Los cambios en los hábitos, el crecimiento del comercio digital, la pérdida de movimiento en determinadas áreas y los nuevos formatos comerciales obligan, según su mirada, a pensar propuestas que generen una razón concreta para volver a esos espacios.
El Barrio Chino intenta responder precisamente a ese problema: no limitarse a abrir comercios, sino generar un destino capaz de combinar compras, gastronomía, cultura y entretenimiento.
“Esperar que el otro cambie, no: tenés que cambiar vos”
—Hay empresarios que frente al escenario económico esperan un cambio de condiciones. Vos planteás una mirada diferente.
Sí. Yo digo: “Esperar que el otro cambie, no. Tenés que cambiar vos”. Primero hacé el cambio vos.
Estamos atravesando una época de transformación. No pasa todo el tiempo. Hay que sobrevivir, esa es la premisa. Pero si sobreviviste, el aprendizaje es enorme.
Argentina es para rápidos. Tenés que ser rápido porque los cambios están ocurriendo a mucha velocidad. Mi recomendación es adaptarse a los vientos de época, no a la política.
—¿Qué rescatás de la transformación que hicieron ustedes?
Quienes hoy están operando donde estábamos nosotros son mucho más exitosos y están brindando un servicio mucho mejor.
Yo tenía alrededor de 7.000 productos y ellos tienen 25.000. El respeto con el que tratan la propiedad, a los clientes y a los empleados es muy bueno y les está yendo bien. Eso me pone contento porque significa que fue una decisión acertada.
La posición de Di Santo se distancia del discurso empresarial centrado exclusivamente en reclamar modificaciones externas. Su planteo es que, aun cuando existan condicionantes macroeconómicos, una empresa debe revisar permanentemente su propio funcionamiento.
Ese concepto de transformación será luego trasladado al proyecto urbano: ante un centro con locales vacíos y pérdida de actividad, su propuesta es que los privados intenten generar una nueva dinámica en lugar de limitarse a reclamar respuestas.
La cultura china y una mirada a 50 años
—¿Qué encontraste en la cultura empresarial china que te terminó acercando tanto?
La siento muy cercana a la cultura que vi en mi padre y en mi madre: superación, hablar con la verdad y transparencia.
La gran diferencia es el plazo. El largo plazo de ellos es largo plazo en serio. Te hablan de 50 años. Un mediano plazo puede ser 10 años. Nosotros estamos demasiado acostumbrados al corto plazo, al día a día, al golpe por golpe.
Nosotros nos jugamos mucho a la cultura china y nos enamoramos de ella. Vemos gente que viene a trabajar y a invertir.
—¿También encontrás un cambio en el tipo de productos que ofrecen?
Creo que vienen con una idea de lujo accesible. No necesariamente es el producto más barato que se rompe. Ves eso en autos, bazar y distintos rubros: un producto muy bueno a un precio razonable.
Han evolucionado muchísimo y tienen una velocidad de trabajo infernal. Además, allá existe un Estado que ayuda mucho al desarrollo.
Di Santo reconoce que su valoración parte de su experiencia personal y comercial con empresarios de origen chino. A partir de esos vínculos surgió la idea de trasladar a Rosario un concepto que observó funcionando en Buenos Aires: un espacio identificable que concentre gastronomía, comercio y cultura y que, al mismo tiempo, se convierta en atractivo turístico.
Barrio Chino Rosario: “Salimos de la queja”
—¿Cómo aparece concretamente la idea de crear un Barrio Chino en Rosario?
Nace primero de decir: “Salimos de la queja”. Estoy mucho en la actividad gremial empresaria y uno ve la realidad de las pymes y del comercio del centro. Hay zonas con locales literalmente vacíos.
Siempre aparece la idea de pedirle algo al Estado. Yo creo que acá tenemos que organizarnos desde el sector privado.
Los últimos cuatro supermercados los vendimos en el Barrio Chino de Buenos Aires y, además, yo viajaba mucho por CAME. Caminaba por esa zona y veía consumo, movimiento, actividad. Iba un miércoles a las diez de la mañana y estaba explotado; un jueves a la tarde, también.
Entonces dije: “Esto es una bomba”. Empecé a contar la idea y desde el grupo empresarial chino me dijeron: “La tenés que hacer”.
—¿Ahí decidiste avanzar?
Sí. Yo lo había planteado como una idea, casi como una charla de café. Pero ellos me dijeron: “No, la tenés que hacer”.
Después compraron los supermercados que todavía nos quedaban y me dijeron: “Ahora te toca hacer tu parte”. Yo había dado mi palabra y no quiero perderla.
Por eso estamos haciendo todo lo posible para concretarlo. Es muy difícil, pero no es imposible.
El punto de partida es una problemática visible del centro rosarino: locales cerrados, menor movimiento nocturno y sectores que perdieron parte de la dinámica comercial que tuvieron durante décadas.
La propuesta no contempla construir un complejo aislado de la trama urbana. Por el contrario, pretende ocupar locales existentes y concentrarlos territorialmente para generar un circuito reconocible.
Cinco pilares: turismo, entretenimiento, gastronomía, comercio y servicios
—¿Cómo imaginan concretamente el Barrio Chino?
Nos basamos en cinco puntos. El primero es turismo. Tener un Barrio Chino le agrega otro atractivo a Rosario. Vas al Monumento, recorrés la ciudad y también podés visitar el Barrio Chino. Incluso aunque no pensemos inicialmente en turismo internacional, tenemos turismo provincial e interprovincial.
Después está el entretenimiento. Queremos recuperar la nocturnidad del centro. Está todo para hacerlo, pero necesitás locales abiertos, iluminación y actividad durante la noche.
—¿Y qué oferta tendría?
El tercer punto, y para mí el más importante, es la gastronomía. Puede ser comida al paso o lugares para sentarse, pero de origen chino.
Después está el comercio, que en parte ya existe. Lo diferente sería incorporar un supermercado chino con productos específicos. Hoy incluso algunos restaurantes chinos de Rosario tienen que viajar a Buenos Aires para conseguir determinados productos.
Y finalmente están los servicios: estacionamiento y, si podemos, un spa, con masajes, uñas, pelo y otras propuestas. Incluso nos gustaría poder sumar una pileta, aunque eso todavía no lo tenemos.
La iniciativa apunta así a construir una experiencia y no simplemente una sucesión de negocios. La gastronomía funcionaría como uno de los principales motores, acompañada por comercios especializados y actividades capaces de extender la permanencia del visitante.
El proyecto busca, además, recuperar algo que Rosario fue perdiendo: el centro como lugar de paseo también durante la noche.
Entre 15 y 20 locales para comenzar
—¿En qué sector de Rosario podría instalarse?
Estamos analizando tres zonas del centro donde existen muchos locales vacíos. Miramos sectores vinculados con San Juan, Rioja, Córdoba y Santa Fe.
Hay zonas donde encontramos 15 o 20 locales vacíos. La idea es revalorizarlas.
Necesitamos empezar con por lo menos 15 o 20 locales. Con dos no sirve.
—¿Por qué todavía no definieron definitivamente el lugar?
También necesitamos propietarios sensatos. Hemos cambiado zonas porque nos pidieron valores de alquiler que no tienen relación con la realidad.
Si un local lleva cinco años vacío, hay algo que revisar. En cinco años sin alquilarlo perdiste muchísimo dinero y además el inmueble se deteriora.
Para que esto funcione tiene que existir una conjunción entre quienes impulsamos el proyecto, los operadores y los propietarios de los locales.
La localización dependerá, entonces, no solamente de criterios urbanos. La posibilidad de conseguir una cantidad suficiente de propiedades dentro de un radio reducido y a valores compatibles con el negocio será determinante.
El objetivo inicial es generar una masa crítica: abrir simultáneamente suficientes establecimientos como para que desde el primer momento exista la percepción de estar ingresando a un nuevo circuito comercial y cultural.
Un fideicomiso abierto: “Esto es de todos”
—¿Cómo se financiaría semejante proyecto?
No es una inversión mía. Lo vamos a canalizar mediante un fideicomiso que se llama Fideicomiso Barrio Chino Rosario.
Tenemos alrededor de 50 pedidos de operadores interesados y queremos ofrecer inicialmente unos 20 locales.
La idea es abrir la posibilidad de invertir desde montos relativamente pequeños. Estamos pensando en participaciones desde 5.000 o 10.000 dólares, porque esto no es de una familia ni de un único inversor.
Necesitamos reunir aproximadamente 5 millones de dólares. Cada participante tendrá que acreditar el origen de los fondos y, si no conseguimos completar la inversión necesaria, se devuelve el dinero.
—¿Por qué elegiste ese formato?
Porque esto es a todo o nada. No podemos arrancar con dos locales; tenemos que hacerlo con 15 o 20.
El fideicomiso sería propietario de los inmuebles. No sería simplemente una inversión financiera, sino una inversión respaldada por propiedades.
La idea es que quien participe tenga inicialmente una renta del 4% anual y además pueda decir: “Soy fundador del Barrio Chino”.
Lo pensamos como algo democrático, de la comunidad para la comunidad. No es un negocio personal mío. Yo quiero hacer algo para la ciudad y que lo hagamos entre todos.
La estructura propuesta por Di Santo pretende evitar que el proyecto quede concentrado en un único grupo económico. El fideicomiso permitiría reunir numerosos aportantes y adquirir los inmuebles que luego serían alquilados a los operadores comerciales.
Los números y condiciones mencionados todavía forman parte del esquema presentado por sus impulsores y deberán concretarse cuando se formalice el instrumento. El principal desafío, según Di Santo, será coordinar simultáneamente inversores, propiedades y comerciantes.
“No hay que pedirle nada al Estado”
—¿El proyecto contempla inversión o participación económica del Estado?
No. En todo lo que analizamos, al Estado no hay que pedirle nada. Por supuesto que tenemos que cumplir todas las reglamentaciones.
Necesitaremos que nos permitan colocar la iluminación característica y después cada comerciante hará las inversiones correspondientes dentro de su local.
El problema principal hoy no es que falte infraestructura. El problema es que tenés cuadras con muchos locales vacíos.
—¿Cuánto van a tomar de la experiencia del Barrio Chino de Buenos Aires?
El ciento por ciento. Tenemos mucha ayuda y estamos viajando para seguir trabajando sobre esa experiencia.
Incluso hubo un inversor que nos dijo: “Yo agarro todo”. Y le dijimos que no. Esto es para todos.
Queremos mostrar el proceso, hablar con la gente y construirlo por partes.
La filosofía del proyecto es utilizar infraestructura que ya existe. En lugar de levantar un desarrollo inmobiliario desde cero, la intención es ocupar propiedades actualmente vacías y generar valor a partir de la concentración comercial, la identidad cultural y el espacio público.
Eso también diferencia la propuesta de un shopping tradicional: no existiría un edificio único con accesos controlados, sino comercios distribuidos sobre calles que seguirían formando parte plenamente de la trama urbana.
Recuperar el centro sin construir desde cero
—¿Qué posibilidades reales hay de que el proyecto termine concretándose?
Muchas. Es difícil, pero no imposible. La dificultad principal es el timing: todo tiene que ocurrir prácticamente al mismo tiempo.
El primer paso tiene que ser fuerte, con 15 o 20 locales. El Barrio Chino de Buenos Aires hoy tiene alrededor de 90, pero empezó con pocas cuadras.
Nuestra idea original sería concentrarlo en dos cuadras, aunque sabemos que conseguir todos los locales juntos es complicado.
—¿Por qué insistís en aprovechar lo que ya existe?
Porque no queremos construir algo desde cero. Queremos aprovechar la infraestructura existente.
También hay una cuestión ecológica y urbana: queremos que la gente vuelva a vivir en el centro. Ahí tenés transporte, infraestructura, viviendas ociosas y oficinas que se fueron vaciando.
Si generás actividad, también revalorizás las propiedades y la gente vuelve a querer vivir en esa zona.
La propuesta combina así una iniciativa comercial con una hipótesis de regeneración urbana: si se logra generar actividad sostenida, podría aumentar el tránsito peatonal, extender los horarios comerciales y volver más atractivas áreas que hoy registran inmuebles ociosos.
Di Santo no garantiza que ese efecto vaya a producirse. De hecho, reconoce abiertamente que el proyecto todavía enfrenta obstáculos y que la coordinación de todas sus piezas será determinante.
“No garantizo el éxito”
—¿Quiénes están trabajando detrás del proyecto?
No estoy solo. Somos entre siete y diez personas organizadas en distintos grupos.
Está el equipo que quedó de Micropack, con toda la experiencia de 73 años de empresa; hay un grupo inmobiliario y también un consultor.
Dentro del equipo también está mi padre, que no tiene un perfil público, pero tiene muchísima experiencia y aporta otra mirada.
—¿Cómo recibió la propuesta el Estado?
La contamos y no encontramos resistencia. La respuesta básicamente fue: “Bueno, hacelo”.
Y eso es lo que vamos a intentar. No garantizo el éxito, pero estoy muy tranquilo porque tenemos un grupo grande trabajando y estamos haciendo todo lo posible.
Una vez que arranque, creemos que puede adquirir vida propia. Nosotros organizaremos actividades y eventos, pero después tiene que funcionar como parte de la ciudad.
Esa última definición probablemente sintetice mejor que ninguna otra la concepción del proyecto. Di Santo no propone crear un espacio cerrado que compita con el centro, sino utilizar una identidad temática para intentar recuperar parte del movimiento perdido.
Por eso insiste en una diferencia fundamental:
—No es un shopping, no es un barrio cerrado. Es la ciudad.
El Barrio Chino Rosario todavía está en una etapa de organización y deberá superar desafíos importantes: reunir el capital previsto, encontrar inmuebles a valores compatibles, coordinar propietarios y operadores y conseguir que una cantidad suficiente de locales abra simultáneamente.
Pero la apuesta de sus impulsores ya tiene una definición concreta: transformar locales vacíos en actividad, recuperar la noche del centro y construir un nuevo atractivo gastronómico, comercial y turístico sin esperar que la iniciativa surja exclusivamente del Estado.
Para Di Santo, detrás del proyecto hay también una manera de entender el momento económico y empresarial: adaptarse antes que esperar, asociarse antes que actuar individualmente y transformar antes que permanecer en la queja.


